CABOS SUELTOS

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“…incluso las lagunas que pudiera haber en el árbol acaban suministrando información: siempre revelarán una falta de transmisión (sea de conciencia, de información, de amor, etcétera) …”.

Jodorowsky y Costa, Metagenealogía

El pasado, la historia… Siempre me ha llamado la atención la idea de hacer mi árbol genealógico. Y ahora que se ha publicado la lista de los apellidos de los judíos expulsados de España en 1492, y que mis dos apellidos se encuentran en esa lista, se reaviva mi curiosidad por conocer mis raíces ancestrales.

A diferencia de la mayoría, me trae sin cuidado la oferta de obtener la ciudadanía española (además de tener un apellido de la lista, es necesario dar las pruebas de formar parte de “la comunidad”). Paso y gano. El impulso que me dio el fulano listado consistió en levantarme de la computadora para buscar mi ejemplar de Metagenealogía de Jodorowsky, continuar leyéndolo y empezar a recopilar los datos para armar mi árbol genealógico.

metagenealogía

Durante la tarea, la primera cosa que salta a mi mente, curiosamente, es respecto a las preguntas que podrían hacerse las generaciones futuras. Me confronto con el hecho de que carezco de información, especialmente por el lado paterno, y en lo que pienso es que en el futuro, los descendientes de mis hermanas podrían preguntarse: ¿por qué Carlos terminó en Canadá? ¿Por qué la historia de la familia, al menos en esa rama, termina con él?

Quien conozca el contexto histórico, podrá encontrar cierta respuesta en la crisis venezolana. Sin embargo, hay un pequeño detalle. Es probable que la gran mayoría de ese millón de venezolanos que dejaron su tierra para sobrevivir a la locura criolla tengan algún tipo de nexo con el lugar de destino; parte del grupo familiar emigró antes, hay algún familiar de la pareja o por lo menos alguna persona conocida que vende la idea o sirve de guía al principio.

¿Pero por qué yo terminé en una ciudad en la que no conocía a nadie? ¿Por qué alguien se lanza a la aventura, cual Marco Polo, de empezar de cero sin el apoyo de ningún conocido? Porque ese es el patrón típico de la migración relacionada con la identidad sexual. “Sí, se fue a Europa”, “Ella emigró a Estados Unidos”, “Él ahora vive en Australia”… Y luego el gran silencio – o las grandes mentiras – para esconder esas dinámicas de exclusión – cómo le hacían la vida imposible cuando estaba cerca – o para tapar la realidad; que el hermano es ahora hermana, o que la hermana está casada con una mujer, entre tantas otras opciones.

Así que, por un lado, las familias homofóbicas a lo largo y ancho de Latinoamérica (así como en los pueblos de Norteamérica) rechazan a sus miembros “raros”. Por el otro, ciudades como Toronto, Barcelona o Amsterdam, junto a otras grandes urbes de los países industrializados se caracterizan por ser gay-friendly, por tener una apertura que no tienen muchas de nuestras familias de origen.

Con el desgarro que supone la migración, junto a la ruptura de muchos vínculos familiares (gracias a las otras ovejas negras de la familia la ruptura no es total), es lógico que el árbol genealógico se transforme en una herramienta de autoconocimiento para entender no sólo “de dónde venimos”, sino en un medio para desarrollar un “hacia dónde vamos” libre de las constricciones que el sistema familiar impone.

Esa es la promesa del análisis del árbol genealógico: hay fuerzas más allá de lo psicológico – fuerzas que constituyen al individuo, para ser más exactos – que condicionan el curso de la vida de una persona. Conocer esas fuerzas nos permite darnos cuenta del campo dentro del que la libertad puede ser ejercida. No podemos cambiar algunos hechos cruciales, pero hay mucho que podemos hacer con nuestras circunstancias concretas.

Yo supongo que, por el mero hecho de escribir estas líneas, en algo estoy alterando el curso de lo que vendrá a futuro. Y bien sea que las siguientes generaciones se enteren o no, yo al menos, si esto del árbol genealógico rinde los frutos que espero, moriré sabiendo que no fui un cabo suelto.

GAY PERO EXITOSO: LA TRAMPA DE LA DEPENDENCIA EMOCIONAL

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La compensación es un fenómeno bien documentado en hombres gays. Es la consecuencia del estigma asociado a la homosexualidad y consiste, esquemáticamente, en el siguiente razonamiento:

1. Ser gay “es malo”

2. Yo soy gay, pero no sólo gay y por eso tengo otros talentos

3. Cultivaré esos talentos de manera que “reparen” el hecho de ser gay

Por un lado, el resultado es asombroso: los gays que siguen esta lógica poseen, en comparación con la contraparte heterosexual, mayor capital cultural. Se concentran en determinadas profesiones, alcanzan posiciones más altas y, por ende, mayor ingreso económico, el cual invierten en actividades que, a su vez, añaden más capital cultural, como por ejemplo educación, idiomas, turismo o aficiones sofisticadas (atención: no todos los gays compensan y esto es importante recordarlo porque es un mito que los gays, como grupo, tengan mayor riqueza o mejor estilo que la población en general).

Por el otro lado, la cara sombría de la compensación incluye ansiedad y depresión. La demanda de autosuperación usualmente implica aislamiento social y un esfuerzo desmedido que se traduce en problemas físicos. Así, el cuadro típico podría ser el de un profesional exitoso, adicto al trabajo (u obsesionado con algún tema que lo hace geek, friki), sin amigos (o insatisfecho con sus relaciones) y síntomas como acidez estomacal, cólon irritable o alguna de las enfermedades consideradas psicosomáticas. Probablemente use ansiolíticos o antidepresivos, cuando no alcohol o algún tipo de droga recreativa para adormecer el profundo malestar que siente.

Ahora bien, ¿qué se esconde tras esta fachada? Desde una perspectiva psicoanalítica lo primero que destaca es el éxito social como síntoma: “Todo está bien pero…”. Y claro, cuando abrimos esa caja de Pandora surgen contenidos como “tengo un cuerpo perfecto y no puedo controlar el llanto”, “mis amigos no pueden creer que alguien como yo tenga problemas emocionales”, “nadie se imagina lo que hago para calmar la angustia”. La mansión de fachada impecable, pero que por dentro está en ruinas, para usar la imagen del sueño que tuvo uno después de su primera consulta, donde se enfocaba en todo lo que invertía en “autosuperarse” y que por eso no entendía por qué sentía que llevaba una vida miserable, siendo que su vida era la que “cualquiera podría desear”.

Cualquiera, pero no él, independientemente de la presión del ambiente gay para lucir como de 20 y llevar una vida de personaje de reality show.

Compensar: producir algo que opaque el hecho de que hay algo que no encaja en la demanda del Otro: “No mires mi orientación sexual, mira esto que hice para que me aceptes”. Este es el núcleo de la dinámica asociada a la compensación que hacen los hombres gays. A fin de cuentas, la compensación supone la pregunta por el amor de los padres. “Ellos me quieren, ¿pero lo harán si me conocen tal y como soy ahora?” (por eso los síntomas empiezan con la adolescencia, en la medida en la que el sujeto va desafiando esas imagenes que recibió acerca de sí mismo cuando era niño, cuando no estaba complicado por la irrupción de la sexualidad genital. “Ahora tengo sexo y es con los del mismo sexo. ¿Me querrán igual?”). La situación se parece a la del niño que muestra un dibujo esperando el halago. “Hice esto por tí, un regalo para que me aceptes”.

Por eso la compensación está asociada al closet. Son aquellos enclosetados lo que más preocupados están por el éxito social. A fin de cuentas temen ser rechazados por sus padres. “No me van a aceptar por lo que soy, así que mejor me pongo las pilas para que me acepten por lo que hago o he logrado”.

Puesto en lenguaje simple, el psicoanálisis de lo que se trata es de confrontarnos con nuestras verdades, específicamente llegar al punto de articular eso que nos está prohibido decir(nos) acerca de nosotros mismos. El recorrido empieza por pelar esa cebolla llamada síntoma – “¿por qué hago todo lo que hago? ¿para quién? ¿qué espero obtener con todo esto?”- hasta llegar a ese núcleo donde nos confrontamos con un hecho contundente: esa búsqueda de aprobación es una trampa que nos limita, aún más allá de las fronteras que, como humanos de carne y hueso – en un tiempo determinado y con unos padres concretos – tenemos.

Quizás por eso se dice que el resultado implica aceptar la castración. Algunos tienen la suerte de tener padres amorosos, padres que pueden “ser discretos” acerca de sus rollos, colocándose en una posición en la que esos rollos no interfieran en el trabajo de amar incondicionalmente a sus hijos. Esto quiere decir, en el tema que nos ocupa, “querer a mi hijo sin que me importe su orientación sexual”. ¿Y dónde está la castración en todo esto? En que aún esos padres, aunque hagan realidad esta descripcion que roza lo fantástico, nunca podrán “comprender” o “sentir” lo que siente el hijo. A lo sumo, estarán allí como testigos respetuosos de esa vida que se encuentra enlazada simbólicamente a la de ellos.

Aceptar la castración a veces implica algo más radical. No todos tenemos la misma suerte de aquellos que son respetados por lo que son. A fin de cuentas, padres y madres son hombres y mujeres concretos que hacen lo que pueden… y que a veces, en tanto sujetos, eligen hacer muy poco (o mucho de algo muy malo). Para decirlo en corto, en algunos casos la verdad pura y dura es “no me quieren” o peor aún “no me quieren y no son capaces de admitirlo”. Esto es lo liberador de un recorrido analítico: si alguno de tus padres (o ambos) no pueden aceptarte como el ser humano que eres, orientación sexual incluida, vivirás tu duelo, llorarás la pérdida y, eventualmente, aprenderás cómo hacer algo con esas circunstancias que te han tocado; los límites de tu existencia en esta vida, tu vida, aquí y ahora, la única antes de que la muerte corte la historia. “¿Si no yo quién, si no ahora cuándo?”.

Con este cambio en la posición subjetiva, liberado de ese canto de sirenas que proviene del Otro, podrás decidir seguir cultivando tu capital cultural, quizás ahora más sosegado y para tu propio disfrute, y no para buscar esa aceptación que, ya lo sabes, no va a ocurrir o nunca será completa.

Recapitulando: si te descubres “víctima” de la compensación (y mira que hay gente que disfruta lo que para algunos es una tortura), lo esencial es pregúntarte cuál es el mensaje y a quién se dirige. A partir de allí observa lo que se despliega; permítete ver a tus padres más allá de sus roles, míralos en tanto seres humanos de carne y hueso (que, por cierto, tuvieron sexo para procrearte, y quizás antes o después, y quizás también con otras personas…) y toma nota de sus ventajas y virtudes. Más allá del accidente biológico por el cuál apareciste en sus vidas, y del lazo simbólico que sujeta al vínculo ¿son personas con las que entablarías una relación? ¿qué tipo de relación tendrías con ellos si fuesen desconocidos que te presentaran en una fiesta?

Estas serían algunas de las puertas de entrada que te permitirán que algo nuevo emerja. Sólo me resta decir que a veces este trabajo resulta doloroso. Es allí cuando la figura del analista, o de un buen terapeuta, es el mejor aliado que podrías tener.

¡TENGO EL VIH!: ¿LO DIGO O NO LO DIGO? (2 de 7)

Cuando compartas algo de tu intimidad, piensa que estás dando un regalo

Aprovecho que alguien me pregunta “qué tan abierto debo ser contando que vivo con el VIH”, para comentar un poco sobre el tema revelación del seroestatus.

De antemano debo decir que no hay una receta o una solución única a este desafío. En los talleres que he facilitado sobre el tema, lo que hago es promover la conversación en torno a los siguientes tópicos, con miras a que los participantes establezcan unos lineamientos que les sean útiles en el día a día. Al final, y este es el primer lineamiento, tú eres el que decides; tú puedes decidir si decirlo o no; y a quién, y cómo, cuándo y dónde.

Este post asume que ya has superado el trauma del diagnóstico y que has avanzado hacia el proceso de aceptar que vives con una condición crónica que requiere atención. Si por alguna razón el tema de decir que vives con VIH te angustia demasiado, quizás sea porque tengas que trabajar más contigo mismo primero; aprender a estar cómodo(a) con esta nueva realidad de tu vida, antes de enfrentarte al reto de lo que piensan (y sienten) los demás.

Para qué

Lo primero que podrías preguntarte antes de embarcarte en esta travesía es qué te motiva a decirlo. Es importante que te detengas a reflexionar sobre este punto, porque revelar el seroestatus cambia cosas; a veces para bien (porque empiezas a recibir más apoyo y comprensión: “ah, ahora entiendo algunas cosas que antes no entendía” podría decirte alguien) y otras para mal (que algún amigo cercano o tu novio(a) se aleje por miedo a infectarse o porque simplemente, no tolera el miedo que siente de saber que conoce a alguien que vive con el VIH).

Por un lado, el secreto puede ser un peso no tan fácil de llevar; por el otro es importante reconocer que la sociedad se ha movido en la dirección de forzarnos a contarlo todo (¡sólo mira las redes sociales!). Así que de plano te digo: sería muy mala idea ponerlo como estatus en Facebook. El estigma en torno al VIH es real (por eso no es fácil aceptar la condición) y de este estigma se derivan conductas discriminadoras que pueden afectarte seriamente (v.g. perder un empleo o no obtenerlo, por ejemplo). Lo mejor que podrías hacer, para empezar, es una lista de pros y contras respecto a decirlo o no.

Pros Contras
Decir que vivo con VIH
No decirlo

En resumen, si vas a decirlo que sea para facilitarte la vida, no para complicartela más.

A quién

Del punto anterior se desprende que sólo hay que contárselo a personas importantes en tu vida: algunos familiares (a veces), tus amigos más cercanos, los profesionales de salud que te apoyan. En algunos países las leyes obligan a revelar el seroestatus a las parejas sexuales. Así que conviene que conozcas el marco legal del lugar en el que vives. Esta es sólo una lista general y depende de tus circunstancias podría incluir a otras más. Sólo tú puedes determinar a quién conviene decirlo.

Cosas que podrías pensar en este punto:

  • ¿Lo digo persona a persona o podría agrupar a algunos?
  • ¿A quién se lo digo primero?
  • ¿Tengo que decirlo directamente o comenzar a enviar señales, por ejemplo, haciendo introduciendo el tema del VIH en una conversación o como comentario a alguna película o programa de televisión que se preste para eso?

Puedes imaginar cómo será la reacción de la persona, pero prepárate a sorprenderte. Personas que considerabas cercanas podrían no tolerar saber que vives con VIH, mientras otros vínculos podrían volverse más estrechos. Sólo lo sabrás después de decirlo. Y por después me refiero a algún tiempo después, ya que las personas necesitan tiempo para asimilar la nueva información. Esto es parte de lo curioso: en términos objetivos, sólo estás diciendo que vives con una condición crónica, pero por efecto de los mitos alrededor del VIH, las personas necesitan “digerirlo”, cómo si les estuvieras dando algo pesado de soportar.

Qué

Identificadas las personas, el paso siguiente es que pienses qué les vas a decir. Acá debes considerar:

  • ¿qué tanta información manejo acerca de mi condición?
  • ¿qué tanta información maneja la otra persona acerca del VIH y el SIDA?
  • ¿hasta dónde debo decir? (por ejemplo, podría ser una muy mala idea el dar detalles gráficos acerca de tus prácticas sexuales a tus padres). A propósito de esto, revelar el seroestatus a veces implica salir del closet, o admitir el uso de drogas recreativas. En estos casos, deberías aplicar estos lineamientos a esas condiciones también. Mi recomendación es que busques apoyo profesional para estar bien preparado a los cambios que puedan surgir en tu entorno.

Una buena estrategia puede ser esbozar algunas ideas básicas que quieras transmitir, para cuando decidas hacerlo. Esas ideas podrían cambiar dependiendo de la persona con la que quieras conversar.

Cuándo

Hay situaciones que requieren una acción rápida (por ejemplo, durante un accidente contigo sangrando y alguien tratando de ayudarte). Afortunadamente, y en general, puedes tomarte el tiempo para decidir cuándo es el mejor momento. Recuerda, una cosa es decidir decirlo y otra empezar a hacerlo. Así que tómalo con calma, prepárate todo lo que necesites y planea esa conversación tanto como necesites.

Cosas para pensar:

  • ¿Lo vas a decir durante una conversación casual?
  • ¿Vas a pautar un encuentro exclusivamente para eso?

Elige el momento acorde a la importancia de lo que quieres transmitir. Cada cosa tiene su tiempo y su espacio. Un poco como broma, un poco en serio: podría ser muy mala idea, por ejemplo, elegir la celebración de bodas de oro de tus abuelos para hacer el anuncio; no sólo les estarías robándo el show a tus abuelos, sino que estarías creando un efecto que jugaría en tu contra, colocándote en una posición patética. Como te repetiré al final de este post, el eje central de todo esto es: mantén la dignidad.

maldita lisiada

Las novelas modelan algunos comportamientos. Aléjate de ese estilo a la hora de revelar el seroestatus

Dónde

De manera que el lugar es muy importante. Si la relación es íntima, un lugar cómodo y en privado podría ser lo mejor. Si anticipas que la persona va a hacer un show (llanto, gritos, reclamos, entre otros) quizás la opción sea un lugar público, como un café, si te parece que la presión social servirá de contrapeso al despliegue histriónico de tu interlocutor. Este es un punto crucial: el entorno puede fomentar ciertas respuestas en la medida en la cual promueve estados de ánimo (lo mismo que la presencia de otras personas). Muchas de nuestras reacciones están condifionadas por el ambiente. ¡Sólo imagina decir que vives con VIH estando atascado en una autopista por 3 horas a decirlo en un lounge con música relajante!

Cómo

Finalmente, un elemento aglutinador de todo esto que te he comentado es el estilo. No es sólo lo que dices sino cómo lo dices. Mi recomendación es que te prepares para asumir este reto como un acto de transmisión de información. Se directo, pausado, contenido emocionalmente, respetuoso con tu interlocutor y, más importante contigo mismo. Mira las diferencias:

Escenario 1: llamas por teléfono a tu mejor amiga y, angustiado, le dices que necesitas verla urgentemente. Cuando ella llega a tu casa, aún sin saludarla, ya estás guindado de ella, a moco tendido diciendo “tengo algo terrible que contarteeeeeeeeeeee…”

Escenario 2: Invitas a tu amiga a un café en un sitio tranquilo, comparten un rato sobre cosas cotidianas hasta que respiras profundo, tomas conciencia de tu cuerpo y te imaginas que tus pies están firmemente afianzados al piso y que la silla te apoya lo suficiente para el paso que vas a dar. Entonces le dices “quería conversar contigo de las cosas que me han pasado últimamente…”

Recuerda, puedes decidir cómo hacerlo, y puedes prepararte en función de esa decisión. De nuevo, mi recomendación es que, ante todo, conserves la dignidad.

Así que en resumen:

  1. Dilo para quitarte un peso de encima y facilitarte las cosas.
  2. Dilo a quien lo necesite, lo merezca y pueda manejarlo.
  3. Dilo del modo más cómodo para ti.

¡Muchos éxitos!

Pd. Sería genial si dejas tus comentarios a cómo te fue luego de usar estos lineamientos. Puedes usar un pseudónimo o dejar un comentario anónimo ya que este es un blog público.

¡TENGO EL VIH! (1 de 7)

El mayor problema del virus de inmunodeficiencia adquirida (VIH) se encuentra en los significados que se le atribuyeron al SIDA cuando apareció a principios de los ochenta. Ya han pasado 3 décadas y, aún, la desinformación es rampante (por no decir crasa y supina ignorancia). Las dos grandes creencias falsas respecto a la condición: que es una enfermedad mortal y que es un castigo por nuestra conducta sexual. El estigma es tan grave que incluso algunos proveedores de salud, especialmente en Latinoamérica, pierden los papeles cuando de tratar a personas con VIH se trata.

Por eso decidí escribir al respecto. Quiero proporcionarte un mapa que pueda serte útil, bien sea que recién recibes el diagnóstico o que ya tengas algún tiempo viviendo con el VIH. Te presentaré la información de manera esquemática, con sugerencias de lo que deberías tener presente en cada momento. Acá entonces la primera buena noticia: hoy en día disponemos de suficiente conocimiento para que puedas mantener al VIH bajo control (y con esto me refiero a manejar sus efectos físicos y psicológicos). Es decir, vivimos un momento privilegiado, donde el VIH es una condición crónica que, mucha gente no lo sabe, es más fácil de sobrellevar que la diabetes (al menos en su dimensión médica).

Creo que en este punto convendría advertir que, como en todo ámbito, el consenso no siempre es unánime. En el área del VIH/SIDA, la nota discordante la ponen los defensores de las llamadas “hipótesis alternativas”. El tema, a fuerza de ser harto complejo, requiere un desarrollo especial. Mientras escribo al respecto, te dejo lo que necesitas saber, en términos prácticos, respecto a este tema: las personas que viven con VIH y se refugian en las hipótesis alternativas se mueren de SIDA si no son rescatados a tiempo. Así de simple. Lo he visto en mi experiencia como profesional de la salud mental. Los defensores de las hipótesis alternativas podrán decir lo que quieran y utilizar cualquier cantidad de argumentos y pseudo-argumentos para justificar lo que, en definitiva, son agendas políticas. Pero la realidad muerde y la evidencia es contundente: desde la introducción de los antirretrovirales (el coctel) a principios de los 90, las muertes por SIDA se redujeron drásticamente. Las personas que monitorean sus CD4s (las células que sirven de marcador respecto a la salud del sistema inmunológico) y la carga viral (el grado de infección en el cuerpo) viven saludablemente, pues en algún momento empiezan el tratamiento y detienen el avance del VIH. Las que no, desarrollan infecciones oportunistas que, a la larga, llevan a la muerte. En su momento te mostraré el mapa para entender el asunto de las hipótesis alternativas. Por ahora, resumamos diciendo que si vives con el VIH, tu primera tarea fundamental es decidir si quiere vivir o no (antes que ponerte a teorizar sobre las farmacéuticas o el capitalismo global). Apostar por la posibilidad de que el VIH no exista es una distracción para evitar el dolor que te causa enfrentar la situación. Espero desarrollar mejor esta idea en una próxima entrega. Mientras, sigamos con el hilo conductor.

Ese conocimiento del que te hablaba hace dos párrafos, me ha servido para estructurar lo que llamo los retos básicos cuando se vive con el VIH. Estos serían:

  1. Cómo superar el trauma asociado al diagnóstico
  2. Cómo manejar la revelación del seroestatus
  3. Prepararse para el inicio del tratamiento y desarrollar la adherencia
  4. Aprender a manejar de los posibles efectos secundarios de los medicamentos
  5. Cultivar hábitos de vida saludables
  6. Desarrollar la resiliencia (la capacidad de enfrentar crisis potenciales)

Cada punto merece un desarrollo detallado, el cual canalizaré a través de próximos posts. Mientras te dejo un video que hice hace un par de años, no sin antes recordarte que trabajo como psicoterapeuta, y que atiendo en persona en la ciudad de Toronto, Canadá, o a través de Internet, bajo la modalidad de terapia en línea si te encuentras en algún otro punto del globo. Si estás interesado en una consulta o en iniciar un proceso terapéutico comunícate conmigo. Me especializo en el manejo de traumas y lo hago usando una combinación de EMDR (una técnica muy potente para erradicar traumas) e hipnoterapia, entre otros modelos (como Psicoterapia Gestalt, Focusing, Mindfulness Meditation, Terapias Psicocorporales…). Ha sido a partir de estos modelos generales que he desarrollado aplicaciones específicas para el caso del VIH/SIDA, las cuales he presentado en diferentes congresos y conferencias.

CALCOMANÍAS DE VANGUARDIA

En el paraíso socialista tampoco hay sistema de transporte público

Es tan obvio y se encuentra tan naturalizado que a nadie se le ha ocurrido señalarlo como otro de los fracasos del Estado Venezolano. Así es. En Venezuela, el transporte público es, por encima de todo, privado. Con excepción del Metro, las unidades que circulan por las calles y avenidas del país son el resultado de emprendimientos individuales o cooperativos entre particulares. En Caracas abundan los minibuses, pero en el resto del país los “carritos por puesto” son automóviles convencionales, usualmente destartalados.

Es por esto que los “por puesto” despliegan sus peculiaridades audiovisuales: música a todo volumen y cualquier cantidad de ornamentos, tanto por dentro como por fuera.

Sublimando frustraciones

De más está decir que esos ornamentos, típicamente bajo la forma de calcomanías, cultivan la cursilería, el kitsch y se hacen al margen de cualquier idea del buen gusto. Es precisamente esto, su vulgaridad, la que les ha permitido desarrollar una identidad propia. Al final, resultan originales e interesantes; piezas únicas de la cultura popular venezolana.

Por eso tomo estas calcomanías como punto de partida para desarrollar las mías propias, conservando el contenido pero introduciendo una gráfica que proviene del imaginario que cultivo desde hace años. Son una suerte de integración entre los dos registros que me constituyen como venezolano; uno popular y otro, podría decirse, académico. El primero ampliamente extendido y el segundo exclusivo de una minoría, incluso dentro de aquellos pocos venezolanos que tienen una carrera universitaria.

El resultado, otras calcomanías, completamente ficticias. Chistes privados que ahora comparto con ustedes:

 

 

HANS CHRISTIAN ANDERSEN Y SU ALMA DE SIRENITA

La historia de Disney como una maquinaria para transformar grandes historias en instrumentos de homogenización cultural a través de la conformidad de género es, además de obvia, harto sabida y analizada.

Lo que quizás muchos no saben es que a la base de uno de los cuentos usados por la corporación dueña de Mickey Mouse se esconde un amor gay que no pudo ser. Sí, ya se, muchos dirán “ahí están de nuevo los gays creyendo que todos somos maricos”, pero no, la verdad es que es lo contrario. Muchos de los logros culturales han sido producto de “mentes gays”, pero han sido opacados por la hegemonía heterosexual. Sólo revisen la historia y verán a lo que me refiero (También es cosa harto sabida que los grandes desarrollos de la humanidad son hechos por desviados y transgresores; no por damiselas y machos preocupados por conformarse a la tiranía del qué dirán).

De manera que cáiganse para atrás: Hans Christian Andersen (1805-1875), el escritor y poeta danés, se enamoraba de hombres y mujeres inalcanzables, cuyos desaires inspiraban las tiernas historias que se compilan como clásicos universales para los más pequeños. La historia de La Sirenita, de hecho, fue su manera de sublimar la tristeza causada por el rechazo de Edvard Collin.

En cuanto supo que Collin se había comprometido con una dama, se le declaró: «Languidezco por ti como por una joven calabresa… mis sentimientos por ti son como los de una mujer. La feminidad de mi naturaleza y nuestra amistad deben permanecer en secreto». Collin lo rechazó y como resultado, Andersen escribió La Sirenita, donde la protagonista está imposibilitada de estar con su amado (Sí, como ya sabemos, el final edulcorado de Disney no tiene nada que ver con la historia original, la cual pueden leer haciendo click sobre esta oración).

Andersen le envió el cuento a Collin en 1836 transformando La Sirenita en una de las grandes cartas de amor gay de todos los tiempos.

CARTA DE UN GAY A SU ESPOSA

La vida funciona de maneras extrañas. Acá estamos; tú homofóbica y yo gay. Y no es que nos veamos a nosotros mismos de esa manera. Al contrario. Quizás tú dirías que eres “normal” y, si supieras de mis andanzas, que yo soy un “enfermo”. Yo, la verdad, no se qué diría. Jamás me permito pensar en estas cosas. Es ahora que, bajo los efectos del alcohol, el velo se corre y puedo poner en palabras todo eso que flota y nos envuelve, creando la fantasía de que somos un matrimonio convencional, una familia “decente”.

Verás, no sólo me escapo a las realidades concretas de algunos baños públicos, donde en un complicado lenguaje no verbal me encuentro con otros como yo para satisfacer un deseo prohibido. También me escapo al encuentro conmigo mismo cada vez que bebo. Es curioso, la gente sueña con ir a Disneylandia para disfrutar de la fantasía, para “escapar de la realidad”. En mi caso es al contrario; vivo en la fantasía, contigo, y cada vez que puedo me visito. ¿Salgo de la fantasía? ¿Entro a la realidad? No se. En mi cabeza es un entramado, a veces confuso, donde no se si duermo o estoy despierto. Esa es la inquietud que llevo conmigo, siempre, especialmente cuando llego a casa o cuando entro a uno de mis baños públicos; ¿estoy despertando o empezando a soñar? A veces soy más concreto y me pregunto si soy lo que llaman un gay en el closet o, más bien, un heterosexual atrapado en las rigideces de esta sociedad.

Es raro. Lo se. No se cómo explicarlo mejor. Pero es como lo veo en cuanto llego a este espacio en el que me siento yo mismo. Así es. Este soy yo, así como te lo narro. Esta realidad cuyo pasaporte es el alcohol, es un lugar intermedio entre el mundo que compartimos y el destino final en el que termino cuando la botella se acaba. Mi tierra es este purgatorio desde el cual te escribo, un lugar oscuro que se ilumina por un momento. Primer trago, estoy tenso; segundo trago, empiezo a calmarme; quinto trago, el relámpago aparece y veo que las piezas encajan correctamente. Pienso, reflexiono y hoy, por primera vez, escribo. Luego pierdo la cuenta, todo da vueltas y entro a esa nada que me imagino es el cielo, cielo tranquilo al que quisiera mudarme pronto; nada pacífica que pierdo cuando despierto y, entre dolor de cabeza y náuseas, miro dónde estoy y quién está a mi lado, a la vez que rezo para que no me hayan pegado alguna enfermedad. Sobra decirlo; retorno al infierno. Pierdo mi sabiduría etílica; olvido que todo es simple, que en definitiva el corto circuito está en que nos empeñamos en suprimir lo que viene del cuerpo, antes que buscar formas más creativas de canalizarlo. Empiezo de nuevo a creer que es demasiado tarde para ser honestos; vuelvo a rechazar a todos aquellos que asumen la preferencia por el mismo sexo.

Deja que te confiese algo. No soy gay; no me junto con gays. Ellos defienden la idea de que un hombre puede enamorarse de otro hombre, que es posible establecer familias como la que nosotros tenemos. Como ya sabes, no me permito pensar respecto a este tema. Además, aún me faltan muchos encuentros conmigo mismo para llegar hasta esas honduras. Lo que sí podría decirte en este momento es que formo parte de una tribu muy particular la cual, según me he enterado, etiquetan como la de los “hombres que tienen sexo con hombres”. Tamaño rótulo lo abrevian con las iniciales HSH. A veces me río de mi mismo pensando que pasaría si te digo que soy un HSH. ¿HSH? Ni yo mismo me lo creo. Soy un H, un hombre. Punto. ¡No me compliquen la vida mientras estoy despierto! (¿o soñando?).

Sí, a veces me río, aunque casi siempre la sensación es de angustia, como cuando le dices a nuestro hijo que lo prefieres asesino antes que marico. Ahí el primer pensamiento que cruza mi mente es “si supiera…”. Un si supiera que me dispara al infierno que se desataría si nos sinceramos. Un si supiera que, ahora que lo pienso desde esta lucidez transitoria, se transforma completamente. Si supiera… ¡Si supieras que somos cómplices! Sí, bebe conmigo y verás que ambos somos coautores de nuestro drama. ¿O acaso no recibí yo los mensajes que le estás transmitiendo a él? Dios quiera que sus impulsos vayan en la dirección que esperamos, de lo contrario terminará como yo, como tantos como yo, atrapado en esta prisión de tres celdas: lo público, lo privado, la nada.

Me recuerdas a mi madre. Me recuerdo a tantos hipócritas que se empeñan en defender esta fantasía compartida que hemos accedido a sostener; el cura Norberto, quien me mira con deseo; el esposo de tu prima Romina, quien frecuenta los mismos baños que yo… Miradas densas, pacto de caballeros. Por eso, incluso ahora que estoy lúcido, me cuesta aceptar a los gays. Su sinceridad rompe nuestro pacto. Este pacto que tú y yo, y tantos otros, hemos firmado. Si nosotros hemos empeñado nuestra vida, ¿por qué debemos tolerar que ellos tengan la oportunidad que nosotros rechazamos?

¡Mierda! ¡Las vueltas! El relámpago de la lucidez se apaga. Deja que te diga algo más antes de que me suma en la borrachera y caiga en la nada. Hay, en todo esto, un destello de esperanza. Al menos así lo veo yo antes de desaparecer y retornar a esta vida absurda que llevamos. Proviene de la última frase que cruza mi mente, mientras gira. Gracias a ella puedo dejarme ir en paz: en esta historia no hay víctimas, tampoco inocentes.

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