nace-o-se-hace

La pregunta es la sempiterna inquietud de quienes aún tienen problemas con aceptar lo que simplemente es. (¿Que otro sentido político puede tener la pregunta que titula este post?)

Revisando entre mis archivos, encontré algo que escribí y que fue publicado por El Nacional por allá en el 2000, cuando todavía era muy ingenuo. Como en Venezuela los derechos de las minorías sexuales están igual de mal, o peor si se ponen en el contexto global, se los dejo como información general (y mientras me pongo al día con los videos prometidos y otras tareas pendientes).

***

EL NACIONAL, Domingo 14 de Mayo de 2000, pag. C3

De la dominación sexual

Hace un tiempo se realizaron unas jornadas bajo la siguiente denominación: Homosexualidad: ¿biológica o psicológica? Independientemente del contenido allí presentado, del que nada puedo decir por no haber asistido, debo destacar una característica presente en este título, la cual dice mucho de una de las concepciones que subyacen a la psicoterapia de la homosexualidad. El cuestionamiento a esta concepción implícita, para mí, es razón suficiente para rechazar la práctica que se enmarca en un encabezado como el que ahora traigo a colación.

Bien vista, esta pregunta ubica el problema de la homosexualidad como algo intrínseco al individuo. Precisando un poco más, podríamos decir que otro título podría haber sido Homosexualidad: ¿originada en el cuerpo o en la mente/conducta? Como se ve, lo que se sugiere es que, de la homosexualidad, lo importante es determinar su causa; una causa que se entiende como un problema en la persona.

Pero, ¿es éste el único modo de abordar el problema? Más aún, ¿a qué obliga plantearse la cuestión en estos términos? Quiero hacer notar, y esto es muy importante para aquellos que trabajamos en psicoterapia, que el tipo de relación que se establece cuando se asume una perspectiva que, de entrada, coloca el problema en el individuo, es el de la “ortopedia moral”: amparados en un saber, biológico o psicológico, legitimamos un tipo de poder: el de decirle a una persona cómo debe comportarse y, más aún, cómo debe valorar aquello que siente.

Para hacer esto, deberíamos estar en capacidad de demostrar que somos detentores de la “verdad”; que el cuerpo humano está dado de una vez por todas y que hay un modo “correcto” de usarlo. No obstante, un paseo por la historia y las diferentes culturas, demuestra que esta pretensión está muy lejos de ser fundamentada. En pocas palabras, aquello que llamamos cuerpo es el resultado de un soma que se vive mediado por la cultura en la que estamos insertos: la verdad es, principalmente, una cuestión de consenso.

En este sentido, debe reconocerse que la sexualidad, y especialmente la homosexualidad, se han revelado como uno de los puntos álgidos de la cultura occidental. En consecuencia, podemos pensar que el problema de la homosexualidad deriva, fundamentalmente, del tipo de relación que se establece entre los individuos sujetos al mandato cultural y aquellos que cuestionan, mediante su sexualidad, dicho mandato.

Así las cosas, lo verdaderamente terapéutico estaría en revelar este proceso de naturalización, el cual obliga a percibir la variación propia de la vida como desviación que debería ser anulada. Dicho de otro modo, la psicoterapia debería promover la creación de entornos en los que no aparezca el malestar emocional asociado a una característica personal que, entre otras cosas, no puede explicarse mediante un único factor causal.

Específicamente, debería redimensionarse el problema de la homosexualidad a nivel de la tensión que se da entre dos planos igualmente legítimos: el de las necesidades individuales, o ámbito privado, y el de los logros sociales, o ámbito público. Sólo cuando se fomente la convivencia armónica de estos dos órdenes, que hasta ahora se han manejado por la reducción de uno al otro, podrá recuperarse lo más propio de la psicoterapia: el bienestar de las personas.

En resumen, la psicoterapia, especialmente ella, debería cuidarse de no seguir la semántica cultural que obliga a formular preguntas tramposas, orientadas a repetir las relaciones de dominación que se establecen en el seno de nuestra cultura.

Anuncios