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Es más fácil comprender el interés de los homosexuales por lograr su espacio dentro de la sociedad, que la motivación de aquellos que se empeñan por impedir tal cosa. Si a las personas que sienten preferencia por los de su mismo género les cuesta satisfacer su necesidad sexual, más por el rechazo de otros que por una condición “patológica” de su deseo, es lógico que busquen cambiar la situación. En cambio, si los otros pueden lograr la satisfacción sexual sin interferencias, ¿por qué habría de afectarles lo que otra persona haga con su cuerpo?

He aquí una posible respuesta: del hombre se ha dicho que es apertura radical, que la satisfacción de sus necesidades no está establecida por la naturaleza y que, en consecuencia, su supervivencia depende del modo en el que inventa su ajuste al entorno. En otras palabras, el hombre es un ser incompleto; sin una cultura que estructure el modo de lograr la satisfacción, el ser humano, simplemente, perece.

Las prácticas sociales, entonces, se derivan del conjunto de especulaciones que se construye para satisfacer las necesidades humanas: la cultura es un código artificial que regula cómo la gente piensa y se comporta. Observar variados lugares, en diferentes momentos de la historia, permite apreciar la contingencia de nuestros modos de regulación. A partir de este ejercicio, cada vez somos más conscientes de lo circunstanciales que son esas concepciones que parecen evidentes. Estamos en un período en el que ya no dudamos de la humanidad de los indios, los niños, los negros, las mujeres; hasta los homosexuales, en algunos países, han logrado un reconocimiento que en el pasado se negaba a todos los grupos mencionados.

El avance ha consistido en que cada individuo logra imponer su derecho dentro de la cultura que lo cobija: no solo la cultura define al individuo, sino que el individuo dialoga con la cultura. La humanidad está desistiendo de encontrar el fundamento último de lo humano. No obstante, ante la angustia por esta “indigencia cósmica del hombre”, algunas personas optan por aferrarse a nociones acabadas de lo humano, por pensar que el hombre está dado definitivamente.

Los homosexuales, entre otros, desmienten con su estilo de vida que haya un modo único de llevar la sexualidad. Su mera presencia obliga a aquellos que creen que el hombre debe ser de un modo particular, no a modificar su idea sino a intentar cambiar a los hombres concretos para que se ajusten a su visión de las cosas. Así, los intentos por regular la vida de los demás son maneras de evitar que se resquebraje una visión del mundo estática y que se supone verdadera.

En pocas palabras, el rechazo hacia los homosexuales responde, en última instancia, al miedo de ciertas personas ante lo más propio de la condición humana, a saber, la incertidumbre que deriva de la ausencia de un sentido objetivo de la existencia.

(publicado en EL NACIONAL, pag. A10, Domingo 30 de Julio de 2000)

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