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Hoy me invitaron a dar una charla sobre espiritualidad. Como de antemano sabía que sería un público heterogéneo, diverso en cuanto a tradiciones religiosas, decidí hablar del modo mas general posible. Centré mi intervención en darles algunos lineamientos para impulsar la vida espiritual, independientemente de la “franquicia” que siguieran para alcanzar la plenitud.

Esto fue, en líneas generales, lo que les transmití:

1. La vida espiritual es una travesía: la mayoría de las tradiciones concuerdan en que es un camino que se sigue, muchas veces sin que nos demos cuenta. Cuando tomamos conciencia de este hecho, ya estamos siguiendo una línea espiritual.

Conversando con el público pude precisar que la espiritualidad consiste en ponerse en contacto con “algo” dentro de nosotros mismos, algo que, paradójicamente, resulta mas grande que nosotros. Dicho en corto, seguir un camino espiritual implica tomar conciencia de eso que, dentro de nosotros, es más que nosotros mismos.

2. Como todo viaje, este se encuentra lleno de virajes, o puntos de inflexión: crisis de las que, si nos mantenemos fieles a nosotros mismos, salimos con un gran aprendizaje. Estas crisis pueden aparecer de distintas formas y son muchos los nombres que les ponemos: episodio depresivo mayor, trastorno disociativo no especificado, enfermedad chamánica, la noche oscura del alma, el despertar de la kundalini, entre otros tantos. Representan un “descenso a los infiernos” y son, en definitiva, un llamado a tomar conciencia de nuestra condición de seres espirituales.

Cuando seguimos esta senda, cosas maravillosas pasan. Específicamente, nos movemos:

2.1 De la rigidez a la apertura: dejamos las certidumbres fáciles, las falsas seguridades y nos lanzamos al abismo de la fe; aceptamos el misterio y confiamos en un orden que nos sobrepasa. Fluimos.

2.2 De la autoridad externa a la integridad personal: al transitar este camino, nos damos cuenta que la espiritualidad es, por encima de todo, una experiencia personal y, por tanto, lo que digan otros desde afuera, (especialmente los curas que, al menos en el catolicismo, se erigen como mediadores necesarios) va perdiendo sentido.

2.3 De la desconexión a la interrelación: ese cúmulo de experiencias va generando la sensación de que todo se encuentra interconectado, que somos parte de un todo y que, por eso, pertenecemos a una obra inmensa que cobra sentido, precisamente, porque formamos parte de ella.

2.4 Del egotismo a la generatividad: lo mas paradójico es que, siguiendo un camino completamente individual, terminamos abiertos a las otras personas, en un primer plano, y al cosmos como telón de fondo. De la búsqueda interna pasamos a la acción; la caridad en jerga cristiana, la compasión en clave budista. Es muy curioso: necesitamos tener un yo fuerte, para poder descentrarnos y pensar nuestra vida no para nosotros, sino para el resto de la creación. Sin un yo fuerte, somos tomados por la experiencia y terminamos pareciendo locos y perdiendo el componente espiritual; naufragamos.

2.5 De la literalidad al simbolismo: si de verdad crees que Dios es un hombre con barba larga sentado en el cielo, debo decirte que sufres de “pensamiento concreto” (la manera de pensar de los niños). Cuando tomamos conciencia de las complejidades de la vida y la realidad, lo que menos creemos es en la literalidad de los libros sagrados. Por eso los fundamentalistas, esos que pretenden tomar los textos al pie de la letra, no solo son peligrosos sino, sobretodo, bastante infantiles. Así que ya sabes, el infierno no es un lugar debajo de la tierra donde hay fuego para abrasarte si te portas mal; puede significar muchas cosas, desde tus zonas oscuras, hasta la vida misma que estas llevando en este momento.

De eso se trata la fe, de creer en algo de lo que no tienes conocimiento cierto. Si intentan convencerte, de la existencia de Dios, del Diablo o del infierno, ya no estamos hablando de fe.

3. La idea de totalidad y plenitud: llámalo como quieras, Dios, la energía suprema, el motor inmóvil, El Gran Arquitecto del Universo, la Nada, el Nirvana, entre otras tantas posibilidades. Todo camino espiritual supone la idea de totalidad, el yoga (unión) de los indios. De eso se trata, se sentirte en contacto, profundamente ligado, con ese centro absoluto.

4. Pasar de la dualidad a la integridad: todo este trabajo, muchas veces arduo y demandante, pero a la vez carente de un propósito fijo como “alcanzar la iluminación” nos conduce a ser esa totalidad a la que aspiramos. La sensación de estar centrado que produce la meditación es una forma humana, bastante concreta, de ese ideal espiritual.

5. El pasaje de la muerte a la vida: empezar a vivir espiritualmente se siente como haber nacido de nuevo. Hemos salido del coma del adormecimiento y vivimos plenamente nuestra vida. ¡No, ser espiritual no tiene nada que ver con miedo a ser castigado! Así piensan los niños y las personas que, siendo religiosas, no tienen nada de espiritual.

6. Enfrentando el dragón del miedo: la vida espiritual es un reto. Supone enfrentar nuestros demonios, no para aniquilarlos, como plantean los cristianos, sino para trascenderlos mediante la incorporación a nuestra personalidad. Sabrás que has vencido el demonio de la sexualidad, por ejemplo, cuando estés plenamente conforme con lo que te gusta hacer en la cama (o en donde sea que te guste hacerlo).

Sí, es todo un viaje. En resumen, y esta es la gran máxima que he aprendido, la espiritualidad no es algo ajeno, como una inyección o un procedimiento que debe aplicarse; no es ritualismo desconectado de la vida; no es una hora semanal de aburrimiento oyendo a otro humano que, muy probablemente, está mas desasistido que nosotros en términos de desarrollo espiritual y que nos sermonea con lo que debemos o no debemos hacer para agradar a un Dios que, en el mejor de los casos, parece un humano con mal manejo del poder.

La espiritualidad tiene que ver con la manera con la que hacemos las cosas que estamos haciendo. Es ser consciente, es estar presente, aquí y ahora, con lo que sea que estemos haciendo: simplemente respirando, mirando un atardecer, comiendo, orando, teniendo sexo…

Cuando estás presente, contigo mismo y con tu experiencia inmediata, las cosas mas sencillas se convierten en momentos trascendentales. Te lanzas a la piscina, tomas conciencia del cambio de temperatura, de la sensación tersa del agua sobre la piel; nadas, sientes el roce , observas las burbujas de aire elevándose, te mantienes consciente de tu respiración y, súbitamente, te acompasas con el mundo; todo es perfecto. Sientes como un orgasmo que transita todo tu cuerpo, eres uno con Dios. He aquí un ejemplo de espiritualidad cotidiana.

Amén.

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