Para algunos terapeutas sistémicos, los conflictos dentro de un grupo representan “un estancamiento en el flujo del amor”. Sí, lo se, resulta difícil de aceptar. Por un lado está lo nebuloso del concepto y, por el otro, las implicaciones que esto tiene para la crisis venezolana.

Frente a lo primero puedo decir que, más allá de la objetividad, o no, de la teoría, he visto los efectos de las intervenciones que se desprenden de esta idea; el adolescente rebelde, el terapeuta familar que dice al padre “abrázalo” y al joven “aferrate a él lo más fuerte que puedas”. Así los deja, quizás instando al muchacho a que apriete con mas fuerza. De repente, la magia sistémica ocurre y, voilá, de veras puede percibirse como un dique que se rompe. Casi siempre se inicia con una explosión de llanto, seguido de felicidad y luego una gran calma. El amor fluye pues su curso ha sido restaurado. Este momento resulta sagrado y los terapeutas lo reconocen; solo se permite el silencio, las emociones y, quizás, algún comentario posterior en torno a lo vivido. 

Luego de este momento cumbre, de esta suerte de cateterismo para el alma, se pide a los participantes que dejen que lo sucedido actue por su cuenta. No se elabora más sobre el asunto. Lo que reportan los participantes, en encuentros posteriores es como la dinámica, no solo con los dos, sino con el resto de la familia, se vuelve más saludable para todos.

Desde que conozco este tipo de aproximaciones, he pensado que tienen utilidad en grupos más amplios que la familia nuclear. Con esto caemos en la segunda nota, a saber, las implicaciones del pensamiento sistémico respecto a la crisis venezolana. Antes quiero traer a colación otro ejemplo, pertinente no solo por referirse a relaciones fuera de la familia sino, por encima de todo, porque nos muestra los vericuetos del amor.

Otro adolescente tiene varias sesiones hablándome de un muchacho que lo “mira con odio”; lo persigue, lo asedia; es el fanfarrón del vecindario. El que narra se esconde, cambia de ruta para ir al supermercado o al gimnasio, evita salir a ciertas horas para no encontrárselo. No se conocen formalmente pues nadie los ha presentado. No se hablan, pero es obvio que hay “algo” entre ellos. Verlo es el gran acontecimiento que hace que lo traiga a colación durante varias sesiones. Luego de una serie de, digamos, 3 entrevistas en las que ocupa su tiempo hablando de él, viene a una cuarta y me cuenta que navegando por internet se ha encontrado sus fotos.

Yo que se que los humanos somos retorcidos -esta es mi manera de referirme a su complejidad-, ya se para donde va la historia. Espero que los lectores también. Le da vergüenza contarme, no tiene explicación para lo que sigue; finalmente se atreve a decirme que le dió mucha rabia encontrárselo “hasta por internet” y que, entre lágrimas, se ha masturbado viendo sus fotos.

Ya estamos en el ámbito de la interacción entre pares más allá de los lazos familiares. A fin de cuentas, la consanguinidad es tan solo un símbolo, al igual que una nacionalidad. Estamos ligados, enlazados -muchas veces embrollados- con otros, en muchos niveles y de diversas formas. Sin embargo, el amor y el odio son dos caras de una misma moneda; dos expresiones de un mismo vínculo erótico.

Los niños pequeños lo muestran muy bien. Muchos de ellos se acerca a otros a través de una pelea, luego de la cual son los mejores amigos. Los adultos no son muy distintos. Esta señora que odia tanto a Chavez, ha venido luego a contarme que soñó con él. Era el conductor de un taxi que la llevó hasta un prado donde ella se atrevió a explorarlo más allá de la ropa interior. Sí, esta opositora furibunda sueña que le mete mano a Chávez.

Tal parece que las implicaciones del pensamiento sistémico para la crisis venezolana son contundentes. Podríamos suponer que en vez de una guerra, deberíamos resolver esto de una buena vez organizando una orgía. Pero bueno, está visto que si algo nos hace mucha falta es la capacidad de innovar para salir de los atolladeros sociales. De manera que me limito a dejarles estas ideas como inspiración. Espero encuentren muchos modos de restituir el flujo del amor.

Lina Ron, ¡te amo!

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