a lo llamas-vidarte

En una entrada previa daba algunas recomendaciones para salir del closet. Allí sugería que, por encima de todo, había que mantener la dignidad.

Ahora volveré sobre el tema en otra tónica, aprovechando que conseguí un texto que desde hace tiempo quería colocar acá. Es de un libro genial, llamado Homografías, de Ricardo Llamas y Javier Vidarte. Si pueden conseguirlo, cómprenlo, pues es excelente. Todo lo que se puede decir sobre salir del closet está aca y dicho de la mejor manera.

“Para romper con la dinámica de la confesión (que siempre pasa por lo que tiene de antiguo y culpabilizador y lo mal que se pasa), lo mejor es un buen ataque. Al salir del armario hay que procurar siempre abrir la puerta violentamente, con fuerza, y darle con ella en las narices a quien estaba fuera esperando una confesión victimaria. Una salida del armario no ha de ser pusilánime y autoinculpatoria. Hasta puede ser todo un acto reivindicativo y político. Los heteros (y perdón por generalizar como algunos de ellos lo hacen cuando hablan de las maricas o de los homosexuales o de las lesbianas) se ponen nerviosísimos ante una marica agresiva saliendo del armario atacada y como una loca, dando portazos en la cara a diestro y siniestro. 

Hay que quitarle la iniciativa al que escucha, cortar todas las salidas, devolverle invertidas todas las preguntas, hacerle ver que hasta la fecha no se está seguro de su heterosexualidad porque nunca ha alcanzado el nivel discursivo, y mucho menos el de una confesión. No es lo mismo situarse frente a un armario y que de él salga la cenicienta, tímidamente, primero asomando su sucia naricilla, luego un dedo, luego toda la manecita, luego un pie, pedir permiso con un hilillo de voz, y decir tan bajito que casi no se oye: «soy lesbiana», «soy gay». «soy homosexual», etc., a que salga una especie de Chewbacca enfurecido, con todos sus rubios pelos de punta, mascullando no se sabe muy bien qué, pero dejando bien a las claras que lo suyo no es hacer concesiones. Si no haces esto último, estás muerta y entregada y presta a ser degollada. O lo que es peor, a que te traten con condescendencia, comprensión, consuelo, babitas y que te hablen flojito ellos también.

Cuando se sale del armario no sé por qué los heteros siempre empiezan a hablar flojito, muy flojito. Como quien acaricia a un perrillo asustado para tranquilizarlo y darle confianza. Nada, nada. ¿Para qué darles ventaja? Hay que salir del armario a lo Van Damm, a lo Rambo o a lo Demi Moore, a lo Juana de Arco, a lo marine (no se me ocurre nada más obsceno, ineducado y violento). Formando una escandalera de la hostia. No hay que abrir la puerta, sino derribarla a patadas y que tengan cuidadito fuera con las astillas, y salir hecho una alimaña, metralleta en mano, pantalones de camuflaje y pintura negra bajo los ojos, que siempre impone mucho (al fin y al cabo nos gusta travestirnos y pintarnos. ¿no?); o tipo el monstruo de Alien.

¿Qué pasa? Soy bollo y a ver si te voy a partir la cara. Al fin y al cabo, son ellos los que nos han metido en el armario y el cabreo es comprensible. Es una liberación, como salir de la cárcel, y para ello no hay que pedir permiso. Es un acto revolucionario. Nada de contemplaciones con el carcelero ni con quienes silenciaban nuestra prisión, la incentivaban o promovían como fuera. El factor sorpresa es fundamental. Para romper el hielo es suficiente. Luego, poco a poco, sin bajar nunca la guardia, se puede ir llegando a un tono de conversación habitual, sin perder la naturalidad ni la espontaneidad nunca (a estas alturas convendría haberse quitado ya el disfraz de Rambo). Y sin mostrar flaquezas, debilidades ni miramientos, hay que demostrar —o fingir— que la reclusión en el armario no nos ha afectado para nada. Nos metieron allí para ver si nos curaban o si cambiábamos de idea y al salir hay que dejar bien clarito que las prácticas de reclusión son contraproducentes y que salimos más maricas de lo que entramos, más cabreados, para no volver a entrar nunca y para luchar por la destrucción de una práctica tan salvaje, el armario perpetuo, algo que atenta contra los derechos del niño, del adolescente, del joven, del adulto y del anciano, porque puede durar toda la vida. Dan mucha pena los niños en la cárcel pero a nadie se le sale una lágrima por los niños y adolescentes metidos en el armario. En fin, la hipocresía de siempre.

Otra estrategia posible si se quiere poner en práctica esta salida del armario que puede resultar un tanto ridícula o sobreactuada si nos sienta fatal el disfraz de marine de Estados Unidos, es eso que ahora se da en llamar la política de hechos consumados. A saber, pasar de tener que decirlo, que verbalizarlo. Si ellos no lo hacen, nosotros tampoco. De pronto el hermanito viene con la novia a casa o con la revista porno que le descubre mamá debajo del colchón. Pues nosotros le plantamos al novio un beso en los morros en medio del salón y nuestros chulos impresos a todo color por debajo de la cama, como todo hijo de vecino. Tratamiento de shock. La contraofensiva puede ser brutal. Pero, si se está alerta y con todo lo necesario en la trinchera para arrasar al enemigo, no hay nada que temer. Siempre te pueden echar de casa. Pues tú vas y te quedas. Que llamen a la policía. Si no te dan de comer, saqueas la nevera. Si no te dan dinero, lo robas o vendes el televisor. Si no te compran ropa, te pones la de mamá. No dejes de llevar a tus amigos a casa. Convierte la salita de estar en una manifestación diana. Un heterosexual no puede vivir en un estado de cabreo permanente, pero una marica es marica las veinticuatro horas del día. Y ser marica de por sí ya es una lucha… Sin que se tenga que hacer nada del otro jueves. La gente se cansa de estar cabreada, pero una no se cansa nunca de ser maribollo. Esta es nuestra ventaja. 

Que papá sólo al vernos se pone hecho una fiera y le sube la tensión y nosotras tan relajadas con las piernas cruzadas viendo como se va poniendo rojo y se le hinchan las venas de cuello, mientras le damos un educado: «Buenos días, ¿quieres café?». Lo importante es no perder nunca la compostura ni enzarzarse en absurdas discusiones. y sobre todo no dialogar. No dialogar nunca. ¿De qué hay que dialogar o discutir? ¿De qué hay que dar explicaciones si lo más probable es que nunca la tengas ni les importe? Pregúntale a tu padre por qué él es heterosexual. Te asombrarás de las tonterías que dice. No tiene explicación. No sabe explicarlo. Lo más racional que diría es:

«Pues porque sí, porque es lo normal, como todo el mundo, como mi padre. Vaya pregunta. Este niño, además de maricón, es idiota». Tranquilo, aunque te insulte, tú lo has dejado en ridículo y en adelante no tendrás que respetarlo como solías y habrás comenzado a destruir una imagen idílica (si la tenías). Si quiere recuperarla, tendrá que demostrar que se merece tu cariño y tu respeto. Aunque hay padres que pierden a sus hijos como pierden paraguas, uno cada invierno. Les fastidia, pero no parece pasar de ahí. Hasta que se quedan sin más hijos que perder, transidos de dolor por su intransigencia. Hasta que se quedan sin más inviernos. El problema es que hay más inviernos que hijos. Pero es su problema”.

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