beso

A ellos, los homofobos, les aterra que seamos comunes y corrientes, como cualquier ser humano.

Es una guerra. De un lado el cuerpo, implacable, ineludible como el juicio final. Del otro la gente; necia, estrecha, como esas entradas prohibidas que guardan placeres secretos. Por eso se aprietan, se retuercen y se trancan, temerosxs de que su mundo se venga abajo cuando pierdan el último de los enfrentamientos. En el medio, y como campo de batalla, tú, tu consciencia para ser exactos.

Así empieza la lucha, contigo como árbitro impotente, atrincherado en tu cabeza, descubriendo el combate:

“¿qué es lo que sucede? ¿por qué me fijo en los de mi mismo sexo? ¡No, no es curiosidad! ¿Será temporal? Sí, de seguro cuando crezca, cuando me case, se me pasa”.

Te observas, te sientes rarx. Ya sabes en qué consisten los enfrentamientos.

Ha sido, en realidad, una invasión. Ellos tuvieron la delantera y, por lo general, más de una década para llenarte la cabeza con creencias falsas. Escuchaste y asimilaste vaguedades (“los de tu sexo no hacen eso”), exageraciones (“todos son unos pervertidos”) y, por supuesto, miles de omisiones (nunca te dijeron que todos lxs niñxs tienen juegos sexuales, tampoco que los adolescentes se masturban entre ellos, menos que casi todo el mundo, en algún momento, tiene sueños “homosexuales”. Ah, tampoco te dijeron que al cuerpo le gusta el placer, y que eso está bien).

Todo con un solo fin; encasillarte en el papel que habían elegido para ti, para que siguieras un guión simple de una obra muy compleja llamada vida. Te dejaron solx con eso, y encima quieren que lo niegues, que actues como si nada pasara.

Definitivamente no es justo. Menos aún que te castiguen cuando, como el niño del cuento, empiezas a decir “¡pero si el rey está desnudo!, ¿es que nadie lo ve?”. Así comienzan las exploraciones de un mundo que a veces es sórdido, pero porque ellxs no le dan espacio, porque ellxs decidieron que tenía que ser oscuro y estar al fondo, como ese cuarto trasero, donde antaño escondían al familiar que estaba “loco”. Ellxs se avergüenzan de la realidad porque, en el fondo, le tienen miedo. Ellxs lo saben, la realidad muerde si no estás dispuestx a aceptarla.

Así pues, lxs sexodiversxs somos valientes. No nos queda otra. Nos aventuramos en las grietas y caemos en el abismo, luchando como Gandalf al final de la primera parte de El Señor de los Anillos. Así, muchxs de nuestrxs hermanxs perecen para siempre. Sin embargo, lxs que en el camino encontramos la fuerza para seguir adelante, salimos renacidxs. La guerra y la invasión han sido, en realidad, una purificación. Nos volvemos poderosxs cuando somos capaces de ponerle nombres únicos a los objetos y las circunstancias de nuestra vida.

Es desde este estado, el de creadores de nuestra existencia, que podemos ver como muchxs se han quedado en el limbo. Han apostado y han perdido. Decidieron que su cuerpo mentía y que las mentiras de los otros eran las verdades de su cuerpo. Se aliaron con el enemigo, sin saber que al final les espera una factura del tamaño de su traición. Antes de eso, pasarán por muchos suplicios; la confesión, la conversión, el matrimonio con alguien de otro sexo; clavos oxidados que son la causa de la ansiedad y la depresión que los abruma. No quieren dar en el clavo, prefieren dar vueltas y sufrir. Es lo que se espera de los enfermos, ¿no?

Paradójicamente, estos muertos vivientes que deambulan por el purgatorio son lxs niñxs buenxs. Siguen el guión número 2, no el de lxs cómplices (guión 1), sino el de lxs codependientes. Y nosotrxs, los que tuvimos el valor de salir de la matriz, somos lxs malxs. Nuestro pecado: enfrentarnos a sus intentos de dominación; ser auténticos o, por lo menos, más genuinos. “¡No, fulanito, no zutanita, la guerra es de frente!; no adentro en mi cuerpo, sino afuera, entre tú y yo”.

Quizás es eso lo que les aterra. Solo pueden con las guerras a distancia porque cuando son cuerpo a cuerpo, estoy seguro, no pueden con la excitación; no la de la muerte o la conquista, sino la del sexo. Ese es el fin de la historia que ellxs evitan, el de convulsionarse en orgasmos porque lxs hemos tocado, porque la verdad del cuerpo lxs ha penetrado.

Es eso lo que no soportan de nosotrxs, que somos lxs maestrxs del placer.

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