Borges se pregunta en uno de sus cuentos si el verdadero Mesías no sería Judas. Yo me pregunto si la Iglesia no será el veradero demonio. (imagen: Gustav Doré. Lucifer prepararando una nueva maldad)

Borges se pregunta en uno de sus cuentos si el verdadero Mesías no sería Judas. Yo me pregunto si la Iglesia no será el verdadero demonio. (imagen: Gustav Doré. Lucifer prepararando una nueva maldad)

 

 

Para David, colega.

INDIVIDUO-INSTITUCIONES-ESTADO

La próxima vez que escuches ese estribillo de educación primaria -“la familia es la célula fundamental de la sociedad”-, te vas a reir y vas a recordar:

  1. Que la sociedad tiene 3 dimensiones necesarias.
  2. Que cada uno de estos niveles (individuo, instituciones, Estado) es igualmente importante.
  3. Que la familia es solo una de las muchas instituciones que median entre individuo y Estado.
  4. Que hay muchos modelos de “familia”.

Si tu interlocutor tiene la madurez requerida para entender esto, podrán desarrollar una interesante conversación sobre las complejidades de la organización humana. Si es alguien que padece de algún tipo de limitación cognitiva, pues nada, siente compasión y enfila la discusión hacia otros temas (¿el clima, quizás?).

EL PAPEL DE LAS INSTITUCIONES

Con esto se va comprendiendo por qué boto espuma por la boca y mi cabeza gira 360 grados cuando algunos individuos apelan al papel de la iglesia para la organización de la sociedad. Religiones hay muchas así que, poniéndolo en términos sencillos, ¿por qué la religión católica y no la musulmana o la judía, o cualquiera de todas aquellas que claman que son la única?

Si tenemos ante nosotros múltiples opciones, donde cada una intenta ponerse por encima de las demás (desvalorizando las otras posibilidades), debemos empezar a sospechar de las buenas intenciones de quienes nos traen una supuesta “buena nueva”.

Digámoslo claramente: me opongo a cualquier tipo de participación de la Iglesia o cualquier religión, como institución, para la estructuración de la vida social de los individuos. A estas alturas, a cuatro siglos de la inauguración de la Modernidad, la religión es un asunto individual y, aunque se organice como colectivo, debe limitarse a aquellas personas que sientan alguna afinidad por las creencias que un determinado grupo postula.

¿Cree usted en el Espíritu Santo? Perfecto, pero no pretenda que tengamos leyes basadas en esas ideas. ¿Cree usted que el placer sexual resulta de las tentaciones del diablo? Pobre de usted; no pretenda que los otros se repriman por sus creencias.

El problema con la iglesia, y con las religiones institucionalizadas, en general, es su dimensión política. Las creencias particulares y contingentes de un grupo saltan de plano y pretenden erigirse en el modelo para dominar a los miembros fuera del grupo. En este sentido, creo que como sociedad debemos hacernos la siguiente pregunta crucial:

¿Debemos luchar activamente contra el “proceso de evangelización”?

Si me han seguido hasta ahora, la respuesta es un sí rotundo. La primera etapa de este proceso es la “acción misionera”. Si vemos en qué consiste esto, veremos que es una imposición de unos sobre otros: es la tarea de “preparar el terreno” y “sembrar” ciertas creencias. Es “anunciar” la palabra y promover la “conversión”. Su finalidad de acuerdo a los propios miembros de la iglesia es ser “despertador” de los no creyentes.

¿De dónde sale la autoridad para que unos se erijan como jueces de lo que otros deben creer y pensar? Esto en otro lenguaje se llama DOMINACIÓN. “Te voy a llevar a donde yo creo que debes estar”. Lo peor es que la dimensión política de la iglesia es sistemáticamente opacada, escondida y negada por la mayoría de sus miembros. Por supuesto, con miras a potenciar la efectividad del dispositivo de dominación; “pero si yo quiero lo mejor para ti”, “es por tu bien, para que no te quemes en el infierno”. ¿Y quien te dijo que yo quiero creer en el infierno? En todo caso, el infierno ya lo estamos viviendo aquí, por personas como éstas que, con la mejor de las intenciones, promueven el odio y la discriminación.

En resumen, dentro de la iglesia, ciertamente, hay personas maravillosas, como aquel sacerdote que al bautizar a cierto niño decía:

Este niño está bendecido por partida doble; de no tener a nadie ha pasado a tener dos papás“.

Sí, fue un niño “adoptado” por una pareja gay.

Pese a la existencia de estos seres especiales, que usan la religión como una vía para sacar lo mejor de sí, lo cierto es que, estructuralmente hablando, la iglesia como institución, a estas alturas, es un problema en la organización social de los individuos; divide y segrega, en vez de permitir la inclusión y la diversidad. Que lo certifique la Conferencia Episcopal Venezolana, con esa proclama que sigue la línea de Benedicto XVI. (Amigo David, espero haber respondido tu pregunta.)

LA REVOLUCIÓN TRANQUILA DE LA CANADA FRANCESA

Quiero finalizar con un episodio muy esperanzador para quienes abogamos por un mundo mejor para todos. Se conoce como la revolución tranquila, y abarca el período que cubre la década de los sesenta. Durante este momento se llevaron a cabo muchas transformaciones sociales y políticas en la Provincia de Quebéc, Canadá. La más importante de estas transformaciones fue una rápida y efectiva secularización de la sociedad.

El gobierno para la época estaba controlado por los conservadores, con el apoyo de la iglesia católica, la cual servía como brazo represor. Precisamente por todas las exclusiones que ocurren cuando se le deja espacio a los de ultraderecha, los ciudadanos quebequenses llevaron al poder a los liberales y, a los autoritarios, se les acabó lo que se les daba. Entre otras cosas, se formó una junta de padres que limpió los pensa de estudio de la escuela pública de toda intromisión religiosa en la educación laica.

Hay un hecho muy curioso que da cuenta de esta rebelión contra la iglesia católica (la cual es de mucho antes de los sesenta). En la Provincia de Quebec, las palabras más vulgares y ofensivas que se puedan decir, esto es, las peores groserías son hostia (hostie) y tabernáculo (tabernac), entre algunas otros términos sacados del léxico católico.

🙂

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