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Dos noticias me llevan a escribir de nuevo sobre el drama político venezolano. La primera es sobre la conmemoración en Europa del fin de la Guerra Fría, evento ocurrido hace ya veinte años; la segunda, en una dirección completamente contraria, acerca de la inquietud de los analistas, quienes se preguntan, con toda razón, si Latinoamérica estará anclada en la Guerra Fría.
 

Estas dos noticias me confrontan con la locura inherente al “proceso”. Desafortunadamente, tratar de explicar esta tesis, desborda el espacio de un post. Además, el ambiente está tan cargado de emociones y la gente tiene unas opiniones tan radicales sobre el asunto, que una discusión basada en argumentos parece, en este momento, la cosa más inútil del mundo.

Así pues, me contentaré con dejar una serie de conceptos sueltos que, entrelazados, constituyen mi apreciación del panorama político en Venezuela. No pretendo convencer a nadie; sólo vierto en estas líneas la impotencia de quien ve cómo el problema desborda cualquier capacidad de acción; o sea, es mi modo de hacer el duelo por un país donde no se vislumbra, aún, ninguna mejora.

1. Folie à deux es un término clásico para referirse a un raro trastorno psiquiátrico, en el que los síntomas de la psicosis (especialmente un delirio paranoide) son transmitidos de una persona a otra. ¿Qué significa esto? En términos muy coloquiales, que alguien que está “loco”, “contagia” a otros con su locura. Ya sabemos de quien hablo (no en vano es ilegal hacer comentarios sobre la salud mental del presidente de Venezuela). Tristemente, el foco de la locura, a estas alturas, desborda las fronteras nacionales, para alcanzar una red conocida como el ALBA. “Sí, hay alguien malo conspirando contra nosotros, por eso no hemos salido adelante, por eso tenemos los problemas que tenemos (Responsabilidad -lo que hacemos o dejamos de hacer-, no vale, eso es un mito del capitalismo)”.

2. Síndrome de Estocolmo es otro raro trastorno, donde los agredidos sienten simpatía hacia quien les hace daño. Otro nombre para esto es identificación con el agresor; es tanto el poder, por un lado, y la impotencia, por el otro, que no queda otra que justificar como bueno y valioso a lo que en realidad resulta la causa de los problemas. ¿Cómo es esto posible? Para el caso venezolano, estas otras nociones nos dan una pista:

2.1. Deprivación cultural: cuarenta años de exclusión sistemática del sistema educativo y del acceso a los bienes no pasan en vano. Un pueblo no se vuelve mesiánico de la noche a la mañana; hay que desempoderarlo continua y gradualmente, hasta que funciona, a efectos prácticos, como si estuviera limitado cognitivamente.

2.2. Desnutrición: la incapacidad para resolver problemas tiene una base material, a saber, la falta de alimentos. Pero no solo de pan vive el hombre, dicen por ahí, de manera que el problema es también la falta de nutrientes para el intelecto y el espíritu. Para bien o para mal, el juego de la vida, al menos en el mundo actual, se basa en la posesión de conocimientos y destrezas complejas. Y claro, si yo no los tengo, una manera de zafarme de la responsabilidad es diciendo que el sistema es el que está mal. A fin de cuentas, es más fácil caerle a palos a unos periodistas que aprender a usar una computadora. Por cierto, al hablar de alimento espiritual, caemos en el asunto de una religión que refuerza y enfatiza los elementos estructurales de los problemas en Venezuela; “recémosle a Dios” es otra salida para no asumir que o corremos o nos encaramamos; o nos ponemos a tono con los tiempos o perecemos. Otros países se abren al cambio; Venezuela, en cambio, lucha contra la corriente. Ya hasta tenemos una ley de Educación que funcionará como dique.

2.3. Ignorancia: es, literalmente, la falta de información. Si nos atrevemos a ver el mundo de hoy, fuera de nuestros miedos y preconceptos, veremos que hay unas reglas de juego que debemos aprender. No, no están en los libros socialistas de los sesenta, ni en los teóricos de la conspiración contemporáneos. Países como Canadá o Dinamarca, los cuales tienen sistemas socialistas, funcionan porque existen sólidas nociones de ciudadanía, de derechos humanos, de bien común… El peso de lo simbólico se siente y, para los insensibles a esto, hay multas que se aplican sistemáticamente. Sí, la corrupción es un fenómeno desconocido en esos sitios.

2.4. Goce: es un concepto extraño en los análisis políticos tradicionales y alude a una dimensión donde las pulsiones desbordan la capacidad de lo simbólico para contenerlas. Es, por decirlo así, una excitación que procede del cuerpo. Otros países tienen las instituciones, cuya función es contener ese exceso que atenta contra la convivencia. Los venezolanos transitamos una especie de apocalipsis, un país desmantelado en su infraestructura simbólica, amparado sólo con una promesa que no se cumple. No es raro, entonces, que seamos la tierra de lo posible: el presidente grita, canta, toca el silbato; lo ministros eructan, los parlamentarios insultan y los chavistas se sienten en el derecho de usar bombas lacrimógenas, armas y palos para convencernos de que vamos por buen camino. Es obvio, todos estamos irritados, y nos revolcamos en ese goce. Nos hemos convertido en ejemplo de lo que barbarie significa.

3. Colonialismo: nos quieren vender la idea de que el problema es el capitalismo, cuando en realidad parece que nuestro problema apunta en otra dirección. Como los africanos, que se retuercen y vuelcan su ira contra ellos mismos, en un intendo por encontrar su identidad, los venezolanos tampoco hemos superado los efectos de la invasión. En nuestro caso fue España (no Estados Unidos), la que nos trajo el fulgor oscuro de la Edad Media. Opacado por el curso de los años, no nos damos cuenta que funcionamos con la misma mentalidad de los colonos; ávidos de imponer verdades, torturando a todo aquel que no comparte nuestras creencias. Los venezolanos no dicen “no estoy de acuerdo” sino “estás equivocado”. Es comprensible que, en este panorama marcado por absolutos, no exista la posibilidad de diálogo. Estamos muy lejos de entender que la vida en común supone cierto monto de relativismo.

En resumen, nos está matando nuestro conservadurismo y los pobres de América nos están siguiendo. Claro, los paranóicos siempre dirán que se trata de una “conspiración mediática del Imperio” y de allí no los sacará nadie. Los que hemos trabajado en el área de la salud mental lo sabemos; los delirios son impermeables a la lógica.

¿De qué tamaño tiene que ser el golpe para recuperar la cordura? Si el problema fuese individual, una opción sería un tratamiento con antipsicóticos, pero los procesos sociales operan de manera distinta, y se requiere que los actores desarrollen una imagen útil para transformar la realidad. Once años nos muestran que la imagen del chavismo no sólo es inútil sino, más bien, parte del problema. ¿La otra cara de la moneda? La oposición no atina a generar una alternativa viable.

En este escenario, y para complicar aún más el cuadro, la cosa se ha convertido en un sálvese quien pueda. Un millón de venezolanos han dejado el país, un país que es ahora el foco desde donde brota la locura que ya empieza a invadir ciertas zonas pobres de Latinoamérica. España tuvo su Franco y, como consecuencia, su destape; se abrió a la Modernidad, ingresó a la Unión Europea y, pese a sus problemas, su nivel de vida es mucho mejor que el nuestro. Ya no tiene nada que ver con la corona que nos invadió. Sin embargo, y para los curiosos en conocer el pasado imperial de España, todavía quedan rastros; somos nosotros, el fósil de esa mentalidad obtusa que en Europa fue extirpada tras la segunda guerra mundial.

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