Madonna y Niño (c.1505)

Luca Signorelli. Madonna y Niño (c.1505)

 

A Tony, por desencadenar el rosario.

Si hay una frase que haya destruido a mi familia es aquella que enunciara Juan Pablo II en el año 2000, “familia que reza unida, permanece unida”. ¿Por qué? Porque mi madre siempre actuó como si esa fuese una orden ineludible que hubiese recibido desde mucho antes que el mundo la escuchara.

No recuerdo los detalles, sólo que en algún momento, cuando yo tenía alrededor de 6 años, a ella le entró el pujo de ir a un grupo donde se rezaba el rosario. Desde la primera vez que entré a ese sitio me sentí incómodo. Había muchas señoras mayores, vestidas de poliéster negro y con mantillas en la cabeza. De hecho creo que la única familia allí éramos nosotros. Mi papá siempre cabeceaba y se dormía, mientras mi hermana se quedaba quietecita en su silla con los ojos muy abiertos, en lo que ahora me parece una expresión de terror. El resto de las mujeres rezaba, mientras entre mi mamá y yo se establecía ese diálogo mudo que me marcaría el resto de mi vida.

Santa María mdrdsihgssfjmhsmsmmsmshsssmsmhmshmssm…

Sólo pude quedarme tranquilo la primera vez, y creo que por no más de media hora. Desde que me sentaron quise salir corriendo; me picaba la piel, me molestaba la ropa. En lo que empecé a retorcerme en la silla, mi madre, amorosa, me lanzó esa mirada que, como un aguijón, me amenazaba -“o te quedas quieto o te descalabro”. Para ese momento, su entrecejo apretado y su nariz fruncida ya no me asustaban tanto pero, como aún quedaba algo del entrenamiento previo, me quedé tranquilo y, para distraerme, comencé a contar los objetos de la sala. Creo que el problema fue que no había muchas cosas, pues sacaban todo para hacer espacio a los asientos que colocaban en círculo. De modo que mi esfuerzo por canalizar mis energías era bastante difícil. A falta de elementos para enumerar, pasaba entonces a distraerme con mi cuerpo; movía los dedos, mecía las piernas. Para este momento la mirada de mi madre iba acompañada de un pellizco y luego, cuando yo empezaba a quejarme, aumentando el volumen de mi voz, el pellizco se transformaba en un apretón de brazo cuyo objeto era decirme, en silencio, “¡cállate!”. Así pasábamos nuestras noches de familia unida, mi papá cabeceando (y a veces, incluso, roncando), mi hermana petrificada con los ojos desorbitados y mi mamá rezando, moviendo con una mano las cuentas del rosario, mientras con la otra me sacudía para que yo dejara de contorsionarme y quejarme. Cada noche que fuimos repetimos el mismo guión, llegando en menos tiempo a la fase se los pellizcos y el agarrón del brazo.

Un día, sin embargo, a mí me dio por hacer algo nuevo, y todo cambió con mi madre. Nuestra relación se hizo, por así decirlo, más honesta. Como siempre nos sentábamos en el mismo sitio, necesitaba darle un descanso a mi brazo, que para el momento lo sentía “como si no lo sintiera” (no se, vainas de niño. Así lo recuerdo). El punto es que necesitaba una tregua, por lo que luego de pasar revista a los pocos objetos de la sala me concentré en las voces de las señoras que rezaban.

Santa María mdrdsihgssfjmhsmsmmsmshsssmsmhmshmssm…

Me llamó la atención el vaivén del conjunto de voces. Empezaban con una acentuación al principio; “Santa María” decían claramente, con fuerza y en un tono que resonaba en mi cabeza. Luego seguía el “madre de Dios” y, como si de un escalón más bajo se tratara, la frase resultaba más tímida, menos contundente que la anterior. El resto era como un tercer escalón hacia abajo, ya no tímido sino completamente pastoso, un “msmmsmshsssmsmhmshmssm” que por más que prestara atención no podía entender.

Le agarré el gusto a ese murmullo piadoso y sin sentido. Mis oídos vibraban y, al poco tiempo, mi cuerpecito ondulaba como si lo recorrieran las olas del mar. El sueño me invadía y mientras más me concentraba en los sonidos, más pesado me sentía. Esas voces me elevaban y me desplazaban por el cuarto, meciéndome para relajarme. Al menos eso recuerdo. Eso y que al rato tenía la cara de mi madre a punto de engullirme, gritando a todo pulmón “¡mira carajito, si crees que vas a estropear la unión familiar, estás muy equivocado!”.

No se exactamente qué sucedió. Estábamos en el medio del salón, rodeados por señoras que ahora tenían la misma expresión que mi hermana y por mi papá que se despertaba mientras decía “¡qué! ¡qué pasó!”. Yo miraba a mi alrededor y volvía hacia mi madre, sin entender la situación. Recuerdo que esa semana no me habló; volvió a dirigirme la palabra sólo para decirme “no, tú no vas”. Desde esa edad me quedaba sólo en casa mientras ellos salían a rezar su rosario, hasta que, un tiempo después dejaron de asistir a esas reuniones. Siguieron saliendo a otros sitios, en otras horas, y yo, ya ni se si por gusto propio o por orden de mi madre, seguí quedándome en casa. Claro, después de este incidente han pasado muchas otras cosas, pero yo diría que fue allí, en medio de esa sala, que algo se quebró en nuestro vínculo, de manera irreparable y para siempre. Por lo menos así lo veo ahora que soy un adulto.

Debo confesar que este asunto de la relación con mi madre siempre me tuvo inquieto. He pasado por varias fases al respecto; la ansiedad por no saber qué sucedía, el intento por acercarme a ella, la rabia por no lograrlo… Finalmente acepté que no tenía remedio. Desistí de cualquier aproximación y en su lugar, empecé a tener largas conversaciones con ella en mi cabeza; primero como discusiones acaloradas y, ya después, reflexiones como las que escribo ahora.

Tenía tiempo sin pensar en mi pasado y, ahora que lo recuerdo, puedo hacerlo con la mayor tranquilidad posible. Creo que el secreto está en un ritual que hice para pasar la página. Fue una sugerencia de un psicólogo muy particular, que ahora no atiende en consulta, sino que lleva un blog donde dice llamarse Chamán Urbano. (Bueno, esa sería otra historia.) El asunto es que, para liberarme, compré un rosario hecho de pétalos de rosa, lo puse en una caja de regalo junto a un paquete de curitas y se lo envié a mi madre con una tarjeta que decía “Hasta siempre”. Desde entonces no he vuelto a saber de ella; desde entonces, por fin, me siento en paz.

Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, 

ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

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