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Jean Paul Sartre, filosofo existencialista que terminó en el marxismo, tiene un concepto muy interesante, el de la mala fe. Cuando leemos directamente sus textos, la definición parece rebuscada, cuando en realidad es muy sencilla:

La mala fe es una mentira donde el engañador y el engañado se ubican en el mismo lugar. Ocurre cuando la conciencia se engaña a sí misma para no ver la incongruencia entre las dimensiones de sus actos.

Los actos humanos tienen dos dimensiones:

  1. Dimensión fáctica: lo concreto, la materialidad, el presente de una acción. Es decir, lo que una acción es en sí misma.
  2. Dimensión trascendente: lo potencial, el futuro hacia donde apunta una acción concreta específica.

Por ejemplo, comprar un arma es, en su dimensión fáctica, sólo eso: poner el dinero sobre el mostrador y recibir una pistola a cambio. Pero es además, las muertes implícitas por el hecho de dispararla. Una persona que compra un arma pero niega que matará a una persona está actuando de mala fe. Se engaña a sí misma porque ya el sólo hecho de comprar el arma lleva implícito el hecho de matar a alguien (en un sentido potencial).

De manera pues que, desde el inicio de una conducta, siguiendo la lógica sartreana, somos responsables de las consecuencias de nuestros actos, incluidos acá los actos potenciales que no hemos realizado, pero que pueden leerse de antemano en nuestras acciones.

Hay otra forma de la mala fe, y es cuando el sujeto se dispara a la trascendencia, negando la materialidad de sus actos. Habla de grandes logros y hazañas, pero sus actos no guardan relación directa con la meta que se pretende lograr. Dice querer algo, pero sus actos apuntan en otra dirección. Usando un ejemplo similar al anterior, una persona dice defender la paz. Sin embargo, se compra un arma. ¿Qué tiene que ver la pistola con una actitud pacifista? Nada. La conciencia que se engaña a sí misma. Gandhi fue muy congruente; él estaba claro. No violencia significa actos no violentos.

Creo que desde ya se puede ver que si el máximo líder es bueno en algo es en eso de mala fe. De ambas formas de la mala fe, por cierto.

CHAVEZ, EL AUTOENGAÑADO

Por un lado, una cabeza de estado no puede hacerse el inocente ante invasiones y ataques a la propiedad privada y a los ciudadanos categorizados como “de la oposición”, especialmente si esta cabeza de estado tiene un discurso que incita el odio y el resentimiento en los desposeidos. Resulta patético que ahora Lina Ron tenga que cantar aquella canción de Amanda Miguel (“el me mintió, el me dijo que me amaba y no era verdad. Él me mintió… Mentira, todo era mentira, palabras al viento…) porque se “le pasó la mano” con Globovisión.

Claro que está muy bien la sanción. El asunto es que el presidente es un cómplice, por el simple hecho de tener la labia incendiaria que tiene. Cuando un malandro usa la excusa de “ahora vas a pagar lo que le hiciste a mis hijos” para robar a alguien menos desfavorecido (a estas alturas, no creo que pueda hablarse de privilegios en Venezuela, no al menos fuera de la boliburguesía), ¿de dónde saca eso? Ciertamente esta persona es responsable de lo que haga, pero por mera cuestión del poder detentado, también es responsable quien usa su posición para promover eso. Lina no actuó por iniciativa propia; su delirio tuvo un alimento continuo: el socialismo del siglo XXI vomitado por Chávez.

De todos modos, a fuerza de tener más de una década en este cuento, creo que la segunda forma de mala fe es mucho peor en nuestro presidente.

LOS INEPTOS NUNCA CAMBIARÁN AL MUNDO

Chávez ha declarado al sistema de salud en emergencia. No sólo eso, ahora el diario El País, de España, acaba de sacar un reportaje escalofriante. Caracas es la segunda ciudad más violenta del mundo. En 2008, 1900 personas murieron producto de esta violencia. Según el reportaje, la respuesta de la policía es esperar que llueva, pues cuando llueve hay menos muertos; “a los malandros no les gusta mojarse”, dice el Comisario Darío Caraballo.

Como dato relacionado con la crisis sanitaria del país, las neveras de la morgue de Bello Monte llevan más de 20 años dañadas. Con esto llegamos al meollo de la mala fe en Chávez quien, disparado a la trascendencia y con un verbo no solo violento sino además grandilocuente, promete trastocar el orden capitalista, derribar al imperio, colocar a Venezuela en el curso de la Historia (con mayúsculas, por supuesto), cuando su gobierno no ha sido capaz de reparar las neveras de la morgue de Bello Monte.

Sigamos con Sartre, el marxista: cuando comenzamos a ver que una crisis sanitaria no es un “proceso” en abstracto, sino la consecuencia lógica de lo que los humanos hacen y dejan de hacer -acciones y omisiones-, no queda otra que responsabilizar a este gobierno por la crisis actual. Ya no vale culpar a la democracia. La quinta república no solo heredó la crisis, sino que la adoptó y siempre la ha cultivado con desenfreno.

Se han desperdiciado miles de millones de dólares que se destinaron pero que no llegaron al sistema de salud. A la vez, y sólo por nombrar la última compra de armas, se tiene un crédito de 2200 millones de dólares para eso, mientras los afectados de la tragedia de Clarines mueren porque el hospital no tiene insumos. Julio Borges y Primero Justicia llevan muy bien la cuenta. Desafortunadamente el halo opuso de esta gente aleja a las masas que necesitan escuchar y digerir las cifras.

Acabar con el Imperialismo… ¡já! No pueden ni siquiera con unas neveritas.

¿No será esta grandilocuencia que caracteriza a la izquierda desesperada una manera de defenderse del hecho contundente e innegable de su fracaso, de su incapacidad para ver la realidad social tal y como es?

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