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La verdad es que no salgo de mi asombro ante la descomposición social de Venezuela. Es escalofriante que ahora los atracos sean a edificios completos.  Pero si les soy honesto, creo que me aterroriza más que la respuesta de algunos de mis colegas sea “adáptate a la violencia“. (Por eso me desplacé al área de la Sociología, porque quien se fija sólo en individuos termina pensando que todo lo que sucede es porque hay algo “dentro” de alguien que debe ser modificado).

“El modo como actuemos cotidianamente puede marcar la diferencia a la hora de ser afectados por la situación de inseguridad que se ha generalizado”. ¡MENTIRA! Eso es añadir culpa a quien, de paso, ya es víctima de la violencia. A estas alturas, cuando la vida no vale nada en Venezuela, no hay ninguna garantía en que un ladrón respete la vida de los “niños buenos”.

¿Qué ridiculez es esa de hacer yoga para responder calmadamente al abuso? ¿Acaso la flexibilidad nos va a hacer más resistentes a las balas, los golpes y el trauma que resultan durante un atraco o una violación?

Venezuela está mal y Caracas es el epicentro de este caos. No nos engañemos. Peor solución será centrarnos en nuestro mundo interior cuando lo que hay que resolver está allá afuera. ¡Se necesita política y acción ciudadana, no psicoterapia!

Claro, cada ciudadano tiene la posibilidad de elegir entre:

1. Quedarse en su casa porque “la ciudad es peligrosa” u organizarse con vecinos y demás grupos para presionar a las instancias pertinentes a que hagan su labor.

2. “Ir a una clase de yoga” o salir a manifestar, con vigilias, con marchas, con gritos y con pancartas. ¡No hay que tragarse la impotencia y la frustración! Eso sí que es nocivo para la salud mental.

3. Tener esa estúpida idea de “paranoia sana” o la conciencia para reconocer que la descomposición nos está comiendo y que, además de cuidarnos, debemos hacer algo a nuestro alcance para empezar a cambiar nuestra sociedad y nuestra cultura.

4. No salir con nuestros niños a “lugares de riesgo” (¿qué significa esto dado el escenario, no sacarlos del cuarto de panico que construimos en nuestro apartamento?) o exigir, exigir y no ceder en la exigencia de que necesitamos espacios públicos seguros para el esparcimiento.

5. “Evitar seguir rutas con horarios fijos todos los días” (que alguien me explique cómo se hace esto en una ciudad como Caracas) o trabajar para que nuestras rutas cotidianas sean seguras.

Seguir los consejos de esos especialistas en negar el contexto sólo llevará a confirmarle al hampa que las calles (y nuestros hogares) les pertenecen, que los ciudadanos son unos peleles que prefieren gastar su dinero en psicoterapia para aprender a ser sumisos que emplear el tiempo para encontrar la manera de presionar a que los encargados de la seguridad pública hagan su trabajo.

En última instancia, acá es donde debe estar la verdadera revolución, no alucinando con cambiar el mundo, cuando ni siquiera se es capaz de controlar una ciudad enloquecida.

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