LA AUTORA

Mina Tobler es una suerte de mnémesis de Eva Golinger. Usando una referencia de la cultura pop, Mina es a Eva lo que superman al superman bizarro. No tengo más datos de ella; sólo se que, de cuando en cuando, nos regala sus apreciaciones a través del blog El Club Vathek.

Creo que lo mejor que puedo hacer para agradecer sus reflexiones es reproducir parte de su más reciente escrito “¿Quiénes creen hoy en Chávez?“, por supuesto, a través de mi propia interpretación.

SU PROPUESTA

Mina ha realizado lo que para mí es una taxonomía de quienes se autoidentifican con “el proceso”. Como bien dice, “hay muchos que creen en Chávez. Algunos justificados, todos equivocados”. Les dejo acá sus categorías con dos comentarios. El primero, gracias Mina; el segundo, cualquier parecido con la realidad es triste y lamentable.

comandante1. El comandante

Por supuesto, a la cabeza encontramos a Hugo Chávez. Prodigioso encantador de serpientes, se ha convertido en el ópio de quienes le siguen.

 

pueblo2. El pueblo

“Los pobres y marginados de la democracia, los que quedaron fuera de la prosperidad de la Gran Venezuela y luego sufrieron de manera desproporcionada durante la crisis de los 80 y 90”.

Tienen carencias materiales, así como intelectuales y espirituales. No saben de lo complejo del mundo, y se creen la version cínico-estúpida del comandante. Aquellos que pueden ver más allá de esto, sienten que no tienen otra opción; no tienen lo básico para vivir, pero al menos tienen voz y alguien que dice que los ama y que trabaja para ellos. En realidad para él, si seguimos eso de que “el dedo de Chávez es el dedo del pueblo”.

socialistas ingenuos3. Los ingenuos

 Son “socialistas buenos”, “por lo general intelectuales de clase media, utópicos, gente con consciencia social, pero también con avanzados y aburguesados ideales democráticos. Para ellos los valores del clásicos de la izquierda: igualdad, solidaridad, justicia social y progreso, no están reñidos con las conquistas políticas de la democracia liberal: libertad, pluralismo y tolerancia”. Se comen el cuento chavista de la democracia participativa y de verdad creen que en Venezuela se está cocinando algo bueno.

radicales4. Los desesperados

 No toleran que ninguno de los socialismos reales haya fracasado en la práctica. Son los “revolucionarios verdaderos” y ven en Chávez al mismo hombre que antaño otros vieron en Stalin y en el Ché. “Se sienten la vanguardia revolucionaria que tiene como misión histórica radicalizar el proceso. Para ellos la construcción de la utopía socialista es un fin que justifica todos los medios. Su modelo del verdadero revolucionario es el Che, a quién no le tembló el pulso a la hora de matar cuando así se lo exigió la Historia (así, con mayúscula). Se sienten frustrados porque la revolución ha llegado al poder de la mano de un líder democráticamente electo y no de una ruptura violenta (como pudo haber sido el caso si el golpe estado que intentó Chávez en 1992 hubiera triunfado). La ruptura violenta les habría dado la oportunidad de, como en Cuba, “fusilar a 800 traidores en el primer año”. No pierden la esperanza de que aún el proceso se radicalice hasta el punto en que sea inevitable la aniquilación física de los enemigos de la revolución. La utopía final justificaría incluso el genocidio o el exilio masivo”.

boliburgues5. Los “boliburgueses”

“Probablemente el grupo más fácilmente reconocible en las calles de Caracas: carros nuevos, cirugías plásticas con resultados […] estéticamente desastrosos, compras compulsivas en las tiendas de productos importados (cuando no en viajes a Madrid o a Miami). Creen en Chávez como antes otros grupos creyeron en los Adecos o Copeyanos, sólo que Chávez les ha dado aún más libertad para enriquecerse que los gobiernos anteriores”.

Por supuesto, en un escenario que es global, no pueden faltar los arrimados de otros países. Estos son:

solidarios ignorantes6. Los extranjeros solidarios con América Latina

Entre otros,  “parte de la izquierda intelectual Europea, los que creen en revoluciones y utopías, siempre que sean en exóticos escenarios tropicales y no en su piso de Barcelona o París. Los que están dispuestos a creer en simplificaciones blanco y negro de la historia latinoamericana: los pobres contra los ricos, los revolucionarios contra el imperio, los buenos contra los malos. Los que apoyan a cualquier déspota de moda siempre que gobierne en el tercer mundo y que se declare anti-yanki. Los que desde la ilustración siguen creyendo en el mito del buen salvaje o del paraíso comunitario en la selva húmeda. Algunos incluso hacen turismo revolucionario en Venezuela y “viven” el proceso en persona. Hay los más jóvenes que se alojan solidariamente en modestas casas en la barriadas populares de Caracas, ayudando a construir comunidad y a colaborar en programas sociales. Son los mejores de este grupo y a veces incluso en verdad ayudan a esas comunidades. Cuando crecen o se aburren, se vuelven a Barcelona o a Berlín y participan en foros sobre Venezuela o en tertulias comprometidas con el proceso en bares y tascas. Después estudian, se casan y trabajan en un banco, pero siempre conservan con nostalgia y cariño el recuerdo de la aventura juvenil trópico-idealista. Hay también los más académicos y famosos que vienen becados por el gobierno venezolano. Se alojan en el antiguo Caracas Hilton, hoy Alba, y se pasean por los logros de la revolución de la mano de guías calificados (necesitan de esos guías pues muchos, como Oliver Stone, Noam Chomsky o Tariq Ali, no hablan español y sólo pueden hacer sus entrevistas, que luego presentan como “first hand accounts of the revolution”, a través de intérpretes) Luego regresan a sus cátedras en Boston o Londres a dar conferencias como expertos latinoamericanistas y a escribir libros sobre la historia de América Latina en los que ni por equivocación se cita la historiografía latinoamericana, escrita por latinoamericanos (poco pueden si no leen español). Son los peores y más cínicos”.

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