videojuegos

Creo que es triste sentir lástima por otras personas, pues es una manera de subestimarlas. Sin embargo, viendo el panorama completo de la situación en Venezuela, admito que me queda difícil mantenerme lejos de la condescendencia hacia los que llevan las riendas de la nación. Reconozco que es todo un reto conocer los planes y las decisiones de lxs supuestxs “líderes” y no excusarlxs pensando “pobrecitxs, es que la cabeza no les da para más”.

Y no hay que irse a las zonas delicadas, como la de los derechos (para mí obvios) de los sexodiversos. Esa estrechez de mente se aplica, como patrón, a todos los ámbitos de la esfera política. Tomemos, por ejemplo, el asunto de la violencia.

Está muy bien tener la voluntad política de hacerle frente a la violencia desatada en Venezuela. Lo que resulta insólito es que pretendan hacerlo con una ley para prohibir la circulación de juguetes bélicos y videojuegos violentos. Claro, este razonamiento no debería asombrarnos, pues es más de esa característica tan arraigada en la cultura venezolana, a saber, la incapacidad para vernos a nosotros mismos.

El problema no es que las personas estén irritadas porque hay un proceso de disolución de la estructura simbólica del país; las instituciones tradicionales se desmantelaron y la supuesta refundación de la República fue un fracaso (vean las famosas Misiones, “nueva infraestructura” para resolver todos los males del pueblo).

El problema no es la asimetría económica que implica que, sí, la economía crece, pero lxs venezolanxs son cada vez más y más pobres.

Tampoco la rudeza de la vida diaria en Venezuela; racionamiento de agua, luz, desabastecimiento…, mientras el gobierno insiste en su petropolítica exterior, ahora construyendo casas en República Dominicana cuando ni siquiera es capaz de mantener dotados a los hospitales en su propia tierra. El mismo Chávez, que cosa tan insólita, ha declarado “crisis sanitaria” y “crisis energética”.

En fin, la violencia no tiene nada que ver con la manera en la que se cultiva la violencia. No tiene nada que ver con la lengua incendiaria del presidente, quien se deleita en echarle candela al fuego de la división interna y, a la vez, en aceptar implícitamente los abusos de parte de lxs resentidxs. ¡Todo es culpa de los videojuegos y los juguetes bélicos!

Me pregunto cuántas personas poseen consolas de este tipo en Venezuela, también me pregunto cómo se hace para obviar todos los hechos contundentes de por qué hay tanta violencia en Venezuela y cómo se llega a una conclusión tan ridícula respecto a cómo manejarla. Además, el argumento de que esos juguetes se usan para asaltos pierde mucho peso cuando vemos las cifras de las armas -muchas de ellas ilegales- que circulan en Venezuela y cuando tomamos en cuenta la participación de policías en atracos y secuestros.

Más aún, en un país donde la frustración y la impotencia son lo único que circula democráticamente (no crean que los chavistas se salvan del desmantelamiento simbólico al que me refería al principio), eliminar las pocas vías que se tienen para canalizar estas emociones puede ser contraproducente. Porque si ponemos todo en perspectiva, la cosa es bien sencilla: la violencia puede entenderse como un “acting out“, como una descarga de las frustraciones a las que están sometidos todxs los que viven en Venezuela.

– Me levanto, dormí mal porque estoy angustiado porque la empresa en la que trabajo está en vías de quebrar (Gracias CADIVI por los favores recibidos), hace calor y no hay agua (¡no, idiota, no me gustan las totumas!), etc, etc, etc… 

– Pana lo único que tengo e’ e’te yerro. No hay chamba y a mi mamá la botaron de la casa donde limpiaba, etc, etc, etc…

Todxs tienen motivos suficientes para estar irritadxs. Así que es sólo cuestión de salir a la calle, y “ay del que se me resbale”. El tipo de recomendación que yo suelo dar, como profesional de la salud mental, cuando hay tanta frustración e impotencia es: busca una manera (inocua) de drenar esa rabia. Hacer ejercicios, especialmente aquellos como la lucha o las artes marciales, son muy buenos para esto; los videojuegos, para sorpresa de mis paisanxs puritanxs, son una forma vicaria de drenar, una manera de sacar afuera cuando no se puede descargar de manera directa y los juguetes bélicos, cuando se usan para jugar, son una vía de elaborar la violencia ya presente en la vida de lxs niñxs. En resumen, los videojuegos (y los juguetes bélicos usados para jugar) no producen violencia, canalizan la que ya existe. (Me pregunto cómo se le puede explicar esto a las lumbreras que idearon la patética ley que se aprobó hace poco).

Sería interesante tener datos que permitiesen determinar cuánto sube la violencia por prohibir los juguetes bélicos y los videojuegos violentos. Porque eso sí es algo que podemos esperar. Pero bueno, en un país donde la ciencia es la cosa más esotérica del mundo, hacer este tipo de estudio es demasiado pedir. Resulta mas apropiado, culturalmente hablando, rezarle a la virgen del Carmen, para que el sentido común de nuestros dirigentes (y de todos aquellos que los siguen) no nos lleve tan rápido al desfiladero.

Una nota final, a propósito del Aló Presidente de hoy. A estas alturas parece que el problema es, más bien, con la violencia “de mentira”. ¡Que no circulen videojuegos violentos, que toda esa rabia se drene en la frontera con una rifle de verdad! Ese parece ser el mensaje a lxs venezolanxs cuando se ponen en perspectiva la ley y el discurso del máximo líder.

Patria, Socialismo o Muerte. ¡Mataremos!

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