AIDS Memorial en Toronto. Los muertos por el SIDA merecen su lugar en nuestra memoria colectiva.

Durante la década de los ochenta yo era un niño, de manera que mi conciencia del SIDA era bastante precaria. Muchos años después, cuando comencé a atender personas con VIH, me impresionó mucho que las historias, en general, eran más intensas y más crudas, comparadas con lo que me contaban quienes asistían a mi consulta privada.

Sin embargo, fue allí, en mi consultorio en una “zona bien” de Caracas, donde supe la más cruel de las historias. Una persona, un gay mayor, vino con su libreta telefónica de hacía muchos años. Me la entregó y me dijo “ábrela y mira”. Estaba abarrotada de números. Definitivamente era un tipo popular. Sin embargo rompió todo encanto al decir “todos están muertos; se los llevó el SIDA”.

De golpe tomé conciencia de nuestra deuda pendiente. El primer caso de SIDA registrado en Venezuela es de 1982. Sin embargo, el primer medicamento comercializado aparece en Estados Unidos cinco años después, en 1987. Era una reliquia de las terapias contra el cáncer, dejada al olvido por tu toxicidad. Me refiero al AZT, la azidovudina, cuyo nombre comercial es Retrovir. Cuando se usaba como monoterapia, como único medicamento para detener el avance de la infección por VIH resultó inefectivo, de manera que muchos que la tomaron fueron, literalmente, experimentos vivos para ver qué pasaba.

No fue hasta 1996 que se aceptó de manera generalizada el uso de los cocteles, la combinación de varios medicamentos para detener la replicación del VIH. En Venezuela, no fue sino hasta el 2001 que se logró el acceso universal a los antiretrovirales, al menos en el papel. De manera que desde 1982 hasta el 2001, hay una ventana de 19 años donde el SIDA hizo estragos en Venezuela.

Desafortunadamente, nuestro rechazo al ejercicio de la memoria se extiende no solo a la Historia con mayúscula, sino a todas esas historias que tejen lo que actualmente somos. De acuerdo al famoso papelito multigrafiado que me entregaron en el Ministerio de Sanidad cuando recién me iniciaba en el área, habían muerto de SIDA unas diez mil personas.

La historia de mi cliente y su libreta era muy distinta. Sólo en su agenda habían, al menos, 200 fallecidos por SIDA. Así empecé a averiguar y, como la mayoría de lo importante que se del área, logré hacerme una idea a punta de observación participante; una pregunta aquí, un cuento allá, una confesión más acá.

Los venezolanos somos crueles. Avergonzados por el SIDA, los familiares, por un lado, empezaron a pedir que no apareciera el SIDA vinculado a la causa de muerte. Así que la cifra de los diez mil es una grandísima subestimación. Pero no solo eso, no sólo se empezó a opacar el panorama del SIDA en Venezuela. Por el otro lado, los principales afectados, los gays, empezaron a usar esta estrategia terrible de negación, de dejar de hablar de aquellos que se morían. A efectos prácticos simplemente desaparecían, como si nunca hubiesen existido.

Es comprensible el miedo, especialmente el horror a ser metidos en el saco de la nueva lepra, pero eso no justifica la expulsión de nuestros seres queridos de la memoria colectiva y comunitaria.

Pensando en esto me paré una madrugada y, siguiendo los principios de la terapia sistémica de Bert Hellinger, escribí la siguiente oración. Es para todos los que reconocemos la importancia del pasado, el papel crucial de nuestros ancestros, y la necesidad de la vida de moverse hacia adelante. Somos seres pequeños, que sólo podemos ampliar el alcance de nuestra mirada (y dejar de repetir el pasado) cuando reposamos calmadamente en los hombros de quienes nos precedieron. Mi profundo respeto a todos los venezolanos que han muerto de SIDA. Su tormento no ha sido en vano.

***

Por favor, toma unos minutos, respira y pon estos pensamientos en tu cabeza:

MANTENER LA PROMESA

Miro hacia atrás y bajo mi cabeza en señal de reverencia ante los que han muerto de SIDA. Me conecto con su sufrimiento; con el dolor causado por el rechazo, la vergüenza frente al mundo, el miedo ante lo desconocido. Reconozco que esta fue su experiencia y que, gracias a ustedes, hemos aprendido lecciones muy valiosas .

Recibo la experiencia y la enseñanza que me dejan y, ante este regalo invaluable, sólo puedo sentir un profundo agradecimiento. Levanto mi cabeza en señal de dignidad y miro hacia delante. Ante mí se extiende un gran futuro. Puedo decidir mantenerme saludable y promover fortaleza y bienestar en mi comunidad. Su sufrimiento no ha sido en vano; puedo retribuirlo siendo feliz.

¡Gracias!

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