Los peores efectos en el desarrollo de una persona proceden, casi con seguridad, de la vivencia del abuso sexual en la infancia. Las consecuencias de este tipo de episodios suelen ser muchas y variadas. Sin embargo, todas ellas se resumen en una sola palabra: confusión.

La primera gran confusión: el niño o niña se siente responsable de lo sucedido, especialmente si lo ha disfrutado. La palabra confusión tiene una curiosa composición, con-fusión; elementos fusionados, mezclados. Esto nos adelanta que el trabajo para sanar tienen que ver con aclarar, con poner cada cosa en su lugar.

Respecto a esa supuesta culpabilidad, hay que reconocer que lxs niñxs, aunque se crean el centro del mundo, se encuentran en un momento vulnerable. No son ellxs los que deben poner límites, pues están en pleno proceso de aprendizaje acerca de cómo hacerlo. Son lxs adultxs lxs responsables de cuidarlxs y, en consecuencia, son éstxs lxs únicxs responsables cuando de abuso se trata. Lxs adultxs, al menos en teoría, reconocen los límites y los alcances de sus acciones; lxs niñxs, no.

De manera que la primera aclaración es, y lo primero que debe entender una persona que ha sido abusada es que es inocente. Se llama abuso porque alguien en una posición ventajosa -ventaja evolutiva, en este caso- se aprovecha de otra persona, precisamente por su vulnerabilidad. Llevemos el caso al extremo, incluso aunque lo haya propiciado, aunque con sus “encantos infantiles” haya “seducido” a alguien mayor, ese alguien está en la posición de decir no. Lxs niñxs tienen otra manera de concebir el mundo, por eso no podemos atribuirles la misma noción de responsabilidad. De todos modos, vale aclarar acá que, cuando de abuso sexual hablamos, son lxs adultxs lxs que se meten al cuarto, lxs que inventan “juegos”, lxs que llevan la dinámica infantil a ese lugar sexual y sexualizado.

Con esto caemos en el tema del disfrute. Debemos reconocer que somos humanos y que, por esto, el contacto físico es, en sí mismo, placentero. Abuso sexual no significa agresión. Caricias, masajes y estimulación genital son, en sí mismos, placenteros. Así aparece una segunda confusión. Si bien muchas veces la persona abusada siente que en ese encuentro algo anda mal (porque puede captar las intenciones del otro, que quiere, literalmente, gozárselo), es difícil poner orden porque una parte puede estar sintiendo agrado. Por otro lado, frente a lxs adultxs, lxs niñxs no tienen las destrezas verbales, la capacidad, o la fuerza (de ser requerida) para detenerlxs. Son vulnerables.

Me atrevería a decir que todo lo que se desprende de un episodio de abuso sexual en la infancia (p. ej. la posibilidad de seguir siendo abusadx sexualmente el resto de la vida, la culpa, la vergüenza, la incapacidad para disfrutar plenamente la vida sexual) se desprenden de estas dos grandes confusiones.

Entonces sanar del abuso pasa por:

1. Superar el o los episodios: en el caso de lxs niñxs o adolescentes se requiere de ayuda externa (algún adulto de confianza que pueda ponerse de lado del vulnerable). Para lxs adultxs, yo inicio con este ejercicio: repetirse la frase “YA PASÓ”. Respirando lento y profundo, hay que tomar conciencia que, aunque los recuerdos estén frescos, la realidad actual puede ser otra. El efecto más común de este ejercicio es tomar contacto con una tristeza profunda, la cual es muy positiva, pues es el inicio de la transformación; es el duelo, el dejar ir; es también la parte adulta que siente una inmensa compasión por la parte vulnerable.

2. Puestos los pies en el presente, es más fácil empezar a ver todo con más claridad. El punto acá es aceptar la inocencia. Respirar profundo y aceptar la propia vulnerabilidad que se tenía en aquel momento. De la tristeza es posible, entonces, pasar a la rabia; ver lo injusta que fue la vida y lo crueles y abusivos que son algunos adultos.

3.  Logrado el punto anterior, es la hora de sanar la confusión respecto al vínculo: si quien abusó es cercanx (unx familiar, por ejemplo) hay que empezar a entender que el amor se acaba donde empieza el abuso. Hablar o escribir puede ser muy útil en esta fase, pues hay una paradoja que resolver “¿Cómo es posible que quien se supone me ama, me hizo tanto daño?”. Este punto es clave, uno puede amar sin ofrecerse como un objeto sexual; uno puede ser amado sin ser abusado. Amor y sexo, aunque a veces vayan juntos, son dos cosas muy distintas.

Si se completan estas tareas, ya se ha salido de la trampa, de ese círculo vicioso de repetición de situaciones abusivas. Es un momento muy intenso y, a la vez, muy gratificante. Es, literalmente, una liberación.

Lo que sigue luego es desarrollar destrezas para la vida diaria, tomar contacto con todo ese potencial que se quedó represado como consecuencia del abuso; aprender a detener las situaciones abusivas que pueden surgir en la vida diaria (y a las que todos estamos expuestos) y, lo más importante, aprender que podemos amar y ser amados y que esto tiene que ver, mas bien, con proteger y ser protegidx.

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