CONTEXTO: la dimensión política de la iglesia (o abre los ojos que no todo es bueno)

Todo tiene un principio. En el caso del cristianismo como religión fue alrededor del s. V d.C. Sólo con la conversión de Constantino, emperador de Roma, los distintos grupos cristianos pudieron seguir creciendo sin temor a ser exterminados, llegando a constituirse en una unidad. Crecieron demasiado y, por supuesto, se burocratizaron. Apareció el Vaticano como centro político, más que espiritual; se eligieron con cuidado los libros que se considerarían sagrados (habían cientos para aquel entonces) y se inventó la biblia como canon. Amenazas mediante – la del infierno -, los emisarios de Cristo se hicieron indispensables en los reinos de Europa. Se instauró la época oscura, la Edad Media.

La Inquisición fue creada para castigar a quienes contravenían las leyes establecidas por el Estado/Iglesia, las cuales tenían como función a erradicar los grupos disidentes que el tribunal eclesiástico creía peligrosos, tanto como dar el mensaje de “somete a tu cuerpo”.

Precisamente por los atropellos, estafas y, encima de todo, el control político de Europa y su gente, apareció la Reforma. Lutero encendió el fuego para retomar la espiritualidad que al Vaticano, hacía siglos, se le había olvidado (asumiendo que alguna vez la considerara). Mucho ha pasado desde entonces y, tal parece, somos nosotros los privilegiados que asistimos a la muerte de la iglesia de Roma. Todo, también, tiene un final.

1. Benedicto XVI, el inquisidor

La irritación que siente el papa por los gays viene de atrás. Es completamente evidente para 1986, cuando firma la Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales. El para entonces cardenal Ratzinger ocupaba el cargo de Prefecto de La Congregación para la Doctrina de la Fe. Ésta es la misma dependencia que siglos antes se llamaba Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición. Prefecto, por supuesto, es el nombre del otrora Inquisidor.

No puedo dejar de pensar que, de ser otros los tiempos, Benedicto XVI estaría persiguiéndonos para hacernos vivir el suplicio que “purificaría” al mundo, su mundo, de nuestra presencia.

2. El patético desespero del papa Inquisidor

Los tiempos han cambiado, y mucho. Gracias a eso, Benedicto debe contener su voluntad de exterminio. Le cuesta mucho, por cierto, y a falta del espacio para vender su odio, no le queda otra sino ventilarlo cada vez que puede. Sin embargo, en un mundo que se sigue abriendo a la pluralidad y la diversidad, hay que reconocerlo, ya no quedan muchos espacios institucionales para decir lo que hoy en día resulta políticamente incorrecto. De este modo, con cada alocución homofóbica, el papa genera más y más lástima, la misma que puede sentirse ante el desespero de un dinosaurio que se hunde en la brea.

Su primer gran desatino fue usar el saludo de navidad a los obispos, en 2008, para hablar de los supuestos peligros de reconocer nuestros derechos humanos y civiles. Durante ese mismo año el Vaticano dijo apoyar la propuesta de la ONU de pedir la decriminación global de la homosexualidad, pero se negó a firmar el documento que hacía explícita la petición.

El 2009 se inició con la continuación de este proceso de apertura que Benedicto no tolera. En enero, Uruguay implementó la legalización de las uniones del mismo sexo, al poco tiempo levantó la prohibición de los gays en las fuerzas armadas y legalizó la adopción homoparental. Además, Colombia aprobo la equidad, al dar los mismos derechos de pensión y vejez a las parejas del mismo sexo. En este mismo año Argentina, México y Portugal también reconocieron legalmente el derecho de los gays y lesbianas a unirse.

En este contexto es que Benedicto XVI hace su segunda, y doble, impertinencia. El tema central de su discurso era el medio ambiente, y el foro la evaluación que los diplomáticos hacían de los eventos ocurridos durante el año pasado. Forzando cualquier argumentación, el frustrado pontífice planteó que el matrimonio gay amenaza la creación. Claro, para no ser tan obvio, oscureció el asunto diciendo “Es preciso señalar la complejidad del problema del medio ambiente. Se podría decir que se trata de un prisma con muchas caras”. ¿Será, entonces, que los gays somos los responsables del calentamiento global y el efecto invernadero?

A estas alturas es obvio que este Papa, en particular, y la iglesia de Roma, en general, ruedan estrepitosamente por el desfiladero. Alguna vez escuche decir, de mis colegas psicoanalistas en Venezuela, que el Papa no podía hacer nada sino oponerse a las uniones gays. En su contexto, lo que yo entendía era que el fulano, de alguna manera, salvaguardaba el estatuto de la Ley. Ahora que estoy lejos del peso del catolicismo y de la crisis venezolana, ahora que veo cómo lo simbólico solo se ha resquebrajado en Venezuela, y no en otras latitudes, lo que veo es que la ley que el Vaticano representa no tiene cabida en un mundo que se sostiene en otros valores, valores mas humanos por cierto.

3. Gracias a Dios, ahora somos más

Así pues, mientras Venezuela se sumerge en la barbarie, en un limbo donde la Ley no opera, el resto del mundo, afianzado en el peso de lo simbólico, se abre a los modelos de familia ya existentes y a una definición mas abierta de lo humano. No es destrucción es, simplemente, actualización de la vida cotidiana a partir de una nueva estructura simbólica, con su referente legal por supuesto. La mejor prueba de esto la encontramos en aquellos países donde el matrimonio gay se encuentra bien asentado (Los Países Bajos y Canadá, por ejemplo). Nada nefasto ha pasado, salvo que la sociedad da mas muestras de progreso y convivencia.

Solo me falta decir una sola cosa, una respuesta directa a la estupidez del Santo Padre: si algo amenaza a la creación, esto es la reproduccion humana. A estas alturas, los seres humanos somos como los virus que colonizan a su huésped al punto de destruirlo, destruyéndose con él. De manera que, si Benedicto está tan preocupado por el medio ambiente, debería ponerse a hablar de condones y planificación familiar. Al menos, eso ser ía menos descabellado que meterse con esa pequeña porción de personas que buscamos reivindicar nuestros derechos humanos. Pobre Benedicto, su muerte simbólica ya ocurrió y él aun no lo nota. Iglesia de Roma descansa en paz.

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