Vivir con el VIH lleva implícita una enseñanza espiritual. Mientras la mayoría de las personas se engañan – obviando la idea de que algún día vamos a morir – una persona que porta el virus siente sobre sí la presencia continua de la muerte. El virus, en este sentido, se convierte en una espada de Damocles que pende sobre quien porta el virus; “y si me bajan las defensas”, “y si el medicamento deja de funcionar”, “¿será que esta gripe es una infección oportunista?”, entre tantas otras inquietudes.

El recordartorio se hace más contundente al momento de tomar las pastillas. De algún modo, es fácil obviar la presencia del virus cuando la única prueba es un papel que dice positivo. Por eso, llegada la hora de iniciar el tratamiento antirretroviral, la persona revive el shock que tuvo cuando fue diagnosticado. Surge el mismo miedo, la angustia ante el nuevo capítulo, “vivir con una condición crónica”. Por supuesto, vuelve a vivirse el duelo por el capítulo que finaliza, el de una supuesta salud integral que se ha perdido.

Si bien este es el patrón general, no quiere decir que sea el único. Es más, ni siquiera quiere decir que la vivencia esté basada en la realidad. He aquí unas pequeñas notas para desafiar esas creencias que hacen que una persona que vive con el VIH se sienta mal, psicológicamente hablando:

  • Todos, en algún momento, vamos a morir. Como dicen los existencialistas, es mejor estar consciente de este hecho, pues es la muerte lo que da sentido a la vida. Si fuésemos eternos, todo nos daría igual, ya que el tiempo no importaría. De allí la frase famosa de vivir cada día como si fuese el último; con intensidad, con compromiso y dedicación. Al final nos arrepentiremos de lo que dejamos de hacer, no de lo que hicimos.
  • La infección por VIH, siempre que se disponga del tratamiento, es una condición crónica, irreversible pero tratable. Desde la introducción de los “cocteles”, las muertes por SIDA han disminuido drásticamente. Se puede tener calidad de vida, aún portando al VIH.
  • Como condición crónica es bastante llevadera; cada vez los medicamentos son más sencillos de administrar y, si bien siguen siendo teniendo efectos secundarios (como todo medicamento), éstos son mucho más leves que aquellos asociados a los primeros medicamentos que se usaban. De hecho, es más complicado manejar condiciones como la diabetes.
  • La mayor proporción de complicaciones psicológicas (ansiedad, depresión, vergüenza, culpa y baja autoestima) se relacionan con las creencias asociadas al VIH, no con el virus en sí mismo. De ahí que el apoyo psicosocial sea tan beneficioso y necesario en estos casos.

Cuando la persona empieza a reflexionar sobre estos temas, entonces es posible aprender la lección espiritual de la que hablo. Creo que siempre recordaré el momento en el que empecé a pensar en esto. Estaba dando una charla y uno de los participantes lanzó al grupo: “pues yo no se a ustedes, pero a mí el VIH es lo mejor que me ha pasado en esta vida”. Por supuesto, las caras de sus compañeros mostraban desde asombro y estupefacción, hasta la posibilidad de leer en ellas mensajes como “¡si te has pensado que me vas a quitar mi fuente de sufrimiento estás muy equivocado!”.

Antes de que le cayeran encima, les pedí que aguardaran para que explicara a qué se refería. Entonces continuó: “después de superar el shock inicial y pasar mucho tiempo deprimido, decidí que haría lo que estuviese en mis manos para vivir mejor. Con ayuda logré aceptarme, mejorar la relación con mis padres, con mi familia, con mis amigos. Puse orden a mi vida porque, viendo hacia atrás, debo reconocer que vivía de un modo muy desordenado. Nada de esto hubiese pasado de no haberme infectado”.

Un diagnóstico por VIH puede ser devastador. Eso es claro. Sin embargo, en cada uno de nosotros está la habilidad para reponernos a este tipo de circunstancias. Sólo hace falta hacer una pausa, tomarse el tiempo para procesar lo ocurrido, pedir ayuda, asesorarse bien, y tomar decisiones para tener una buena vida.

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