LO MÁS OSCURO ES LO MÁS EVIDENTE

Si algo le sobra a la Iglesia como institución es política, política que a veces supera, desborda y opaca cualquier atisbo de espiritualidad. Un ejemplo muy claro lo tenemos en la Reforma Anglicana, la cual tuvo como eje central el deseo de Enrique VIII de anular su matrimonio con Catalina de Aragón. Ante la imposibilidad de lograrlo mediante el recurso al Derecho Canónico, este rey separa a la iglesia inglesa de Roma y se erige como su jefe supremo, en 1534.

Este paso radical permitió crear un movimiento que hoy en día agrupa a un estimado de 77 millones de fieles en todo el mundo. Sin embargo, en la actualidad, hay marcadas diferencias teológicas que la separan del mamotreto empezado por Pedro. Estas diferencias se centran en quién tiene la autoridad. En la Iglesia de Roma, se concentra en la figura del Papa, mientras que en la comunión anglicana el poder se reparte en diferentes lugares.

Por esto el anglicanismo ha hecho cambios radicales, tales como:

 • No se exige el celibato a ninguno de sus pastores (diáconos, sacerdotes, obispos y otros ministros). Estos pueden casarse y crear familias.

• Las mujeres tienen igualdad, por eso pueden ordenarse como diáconos y sacerdotes.

• Se han abierto a la discusión de los derechos LGBT y cada iglesia ha tomado su propia decisión la cual va, desde aquellas que no la aceptan, hasta aquellas que los aceptan plenamente, incluso como grandes jerarcas de la iglesia. En este lado, el caso más conocido es el de Gene Robinson, Obispo de New Hampshire y, recientemente, el de Canon Mary Glasspool, electa Obispo asistente para Los Angeles.

Por su puesto, estos cambios no han ocurrido sin controversia, de manera que el ala derecha en este movimiento critica duramente el giro progresista que el anglicanismo va tomando.

Ahora bien, desde la pérdida de este ingreso, perdón, de este importante rebaño, el Vaticano ha intentado en diversas oportunidades retomar el control de los protestantes. En este preciso momento, Benedicto, el papa que no vuela porque no tiene escoba, ha ideado un artilugio para hacerse de quienes muestran insatisfacción ante la apertura anglicana.

La Iglesia Católica ha adecuado una fórmula para que los anglicanos conservadores que deseen acogerse bajo el liderazgo del Papa puedan convertirse más fácilmente, sin perder su liturgia o sus tradiciones.

POR LA PLATA BAILA EL MONO

Para explicarles las letras pequeñas de este asunto, que nadie parece notar, voy a contarles un “chiste” (antisemita, por cierto, pues repite el estereotipo de la avaricia que se le imputa a los judíos).

Llega Dios y le dice a San Pedro: recuerda que debes mandar a cada uno a su lugar. San Pedro pregunta: pero ¿cómo voy a saber a dónde pertenece cada uno?

Es muy facil, responde Dios. Te dejo acá una biblia y un fajo de dinero. Si el alma escoge la biblia, la dejas pasar, pues es cristiana. Si escoge el dinero no la dejas pasar, porque es judía.

Asi pues, San Pedro inicia su tarea hasta que, al rato, viene a la oficina de Dios, desconcertado. ¿Pero que te pasa? Pregunta el todopoderoso. Es que no se que hacer con un alma que tengo esperando en la puerta. Bueno, reclama Dios, y no te dije lo que tenías que hacer. Sí, responde el portero, pero ésta puso el dinero dentro de la biblia.

¡Ah! Responde Dios. Déjala pasar: esa es del Opus Dei.

Ajá, y ¿qué tiene que ver este chiste con el asunto de los anglicanos? El Opus Dei es un movimiento cristiano de ultraderecha fundado en 1928 por José María Escrivá de Balaguer, un sacerdote español que hizo que el movimiento floreciera en la época del franquismo. Por el lado luminoso, se enfatiza el llamado a la santidad, la importancia de la virtud y la santificación del trabajo. Por el lado oscuro, “La Obra”, como la llaman los aludidos, tiene una obstinada devoción por el antiguo testamento, de manera que en la práctica son bastante pacatos respecto a la sexualidad, misóginos en su apreciación de las mujeres (de hecho al principio era sólo para hombres) y clasistas en su trato de los pobres (v.g. los “ayudan”, pero no enseñándoles a alcanzar bienestar económico, sino a mantenerse como servidumbre de los privilegiados. Es decir, las muchachas aprenden a lavar y planchar en vez de, por ejemplo, aprender a usar una computadora). También son famosos por su rechazo al divorcio (ni que decir el aborto), de manera que los hijos de padres divorciados son objeto de discriminación en sus sistemas educativos. Sí, son bastante sectarios.

Precisamente por estos atributos, el Opus Dei es un movimiento controversial, para algunos una secta, que sólo encontró reconocimiento jurídico por el apoyo incondicional de Juan Pablo II. Fue este quien se las arregló para que “La Obra” fuese una prelatura personal.

La fórmula se repite ahora, cuando el Papa Inquisidor, propone hacer arreglos especiales para que los anglicanos, sin perder su fe, le rindan cuentas al cristiano más poderoso del mundo. Les dejo, ahora sí, las letras pequeñas de todo este asunto: los anglicanos creen fervientemente en el diezmo, en dar un décimo de sus ingresos a la iglesia.

Cómo los de “La Obra”, los anglicanos insatisfechos han dedicado su vida a trabajar y acumular fortuna. Los que saben lo que es la ética protestante, entienden que estamos hablando de muchos millones de dólares. Suficientes como para que las profundas diferencias teológicas no le importen mucho a un Papa famoso por su ortodoxia.

Benedicto no tienes escrúpulos, yo que se los digo. Constantemente nos deja ver que hay muchas motivaciones turbias, o por lo menos muy poco cristianas en su proceder. En su oferta a los anglicanos la cosa es demasiado obvia: por la plata baila el mono.

¿Quieres saber más del Opus Dei? Pincha aquí.

Anuncios