Para el momento en el que ya ese veto secreto pesaba sobre mi carrera como académico, los estudiantes de filosofía estaban organizando un ciclo de “temas polémicos”. Por supuesto, el primero estaba dedicado a la homosexualidad. Por supuesto, también, estaba prohibido invitarme como ponente. Al final, y precisamente porque hay que hablar mal de los homosexuales sin dejarlos a ellos tener voz, pusieron a un reconocido sexólogo que lanzó la perla de “la homosexualidad no es una enfermedad pero la podemos modificar con tratamiento”, a un sociólogo, estudiante del postgrado de teología que, a falta de experticia sobre el tema usó su tiempo para lamentarse de que la iglesia católica no reconociera a los divorciados (como él) y a Tamara Adrián, quien habló de la situación legal de la homosexualidad en el mundo y del desfase venezolano respecto a este punto.

En medio de este escenario tan surreal, al final de la presentación, un asistente, indignadísimo, lanzó casi a gritos su malestar: “¿cómo es posible que estén defendiendo a los homosexuales. Acaso aportan algo a la humanidad?”. Cosa curiosa, fueron los demás asistentes, estudiantes de pregrado, los que le cayeron encima por ser retrógrada y homofóbico.

Debo confesar que, pese a disfrutar cómo la cosa se había salido de control, a mí se me quedó atragantada mi respuesta. No era el momento ni el lugar, ni yo estaba en la mejor posición para preguntarle de vuelta “¿y quién dijo que los homosexuales tienen que justificar su existencia?” para luego pasar, por supuesto, a mostrarle que su inquietud, más que llena de odio estaba, por encima de todo, cargada de la ignorancia mas crasa y supina.

Creo que desde ningún punto de vista se puede pedir justificación a la vida de nadie, básicamente porque no la tiene. Bastante tinta que derramaron los existencialistas sobre este asunto. Sin embargo, puestos a pedir sustento, serían los heterosexuales los que se las verían muy mal, pues resulta difícil defender la procreación a estas alturas del calentamiento global y la escasez de recursos.

A la vez, pienso que los sexodiversos, y especialmente los gays, saldrían muy bien parados en esta “competencia de logros”. Por ejemplo, ciertos investigadores plantean que la depresión de Charles Darwin (1809–1882) se debía al hecho de no aceptar la atracción sexual por los de su mismo sexo. Si esto es cierto, para desgracia de muchos, uno de los pilares de la ciencia contemporánea, la teoría de la evolución, habría sido establecido por un gay que pudo montarse en el Beagle luego de que una noche, en un bar, conociera al capitán que lo invitara a participar del viaje.

Sólo para alejarnos de la especulación, nombremos a algunos grandes del pensamiento, de los que sabemos con certeza que eran gays, junto al campo del saber que, en muchos casos, transformaron:

  • John Maynard Keynes (1883–1946): Macroeconomía
  • Ludwig Wittgenstein (1889–1951): Filosofía
  • Alan Turing (1912–1954): Matemáticas y Computación
  • Gilles Deleuze (1925–1995): Filosofía y Psicoanálisis
  • Michel Foucault (1926–1984): Historia y Ciencias Sociales
  • Andy Warhol (Andrew Warhola, 1928–1987): Arte
  • Pierre-Félix Guattari (1930–1992): Filosofía y Psicoanálisis
  • Robert Mapplethorpe (1946–1989): Fotografía

Estos son sólo algunos que me vinieron a la cabeza, así, a vuelo de pájaro. La lista es, en realidad, muy larga. Si tomamos en cuenta la proporción de homosexuales en la población general, se ve de sobra que es mejor no preguntar qué aportan los gays a la humanidad. La respuesta es para dejar bien chiquito a quien ose preguntar.

Ah, y para cerrar el cuento de aquel evento: a los pocos días un grupo de estudiantes -de Derecho, si mal no recuerdo- envió una carta de protesta a la escuela de Filosofía. Estaba llena de las mismas incoherencias de siempre. Sin embargo, citaba documentos eclesiasticos tan rebuscados, que bien podría pensarse que alguien mucho mayor los estaba asesorando. El sexo despierta pasiones, especialmente para quienes se lo prohiben.

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