En la dimensión psicológica, salir del closet es toda una odisea. La primera señal de conciencia acerca de nuestra orientación sexual aparece un día, usualmente durante la pubertad, de repente, y es entonces cuando nos enterámos de cuál es el sexo que nos atrae. La cosa es así para casi todos los seres humanos.

El asunto es que la gran mayoría la tiene fácil. En ese momento ellos sienten lo que la sociedad predice: “te gustará el ‘otro’ sexo”. Para este grupo, el de los heterosexuales,  la cosa se acaba allí. Los varoncitos comienzan a tener noviecitas y, al cabo de un tiempo, los adolescentes de ambos sexos se las ingenian para iniciarse sexualmente. Pueden cortejarse en público y después, para su desgracia, son obligados a casarse y tener descencencia heterosexual que repetirá el guión. Así, en lo general, vale la crítica de Mafalda a Susanita cuando le contaba de su futuro: “Eso no es una vida, es un escalafón”.

Para los que descubrimos que nos atrae el mismo sexo, la situación es complicada, por decir lo menos. Esquematicemos las fases del siguiente modo:

  1. “Ya va, a mi como que me gusta… ¡no, no puede ser! ¡Yo no puedo terminar siendo marico!”.
  2. “Esto es sólo una fase pasajera. Cuando crezca se me pasará”.
  3. “Soy gay, pero soy distinto a los demás gays”.
  4. “Soy gay, pero no tengo por qué andarlo publicando. Es algo reservado a mi vida privada”.
  5. “Soy gay y la discriminación existe y es injusta. Voy a hacerlo público para sumarme a la lucha”.

Esto que se enumera facilmente es, en realidad, un proceso más o menos tormentoso, con altos y bajos que, según las investigaciones toma alrededor de 10 años. El joven que descubre que siente atracción por su mismo sexo se siente único en su clase, como un fenómeno o un extraterrestre. Es natural que llegue a esa conclusión, pues todo en la sociedad está diseñado para hacernos creer que la heterosexualidad es universal, que es la única opción aceptable.

Esta fase es, por lo general, angustiante. Se carga un secreto que pesa, a la vez que no se ven opciones para conseguir apoyo o, por lo menos, ventilar algo del drama personal. “Yo creo que él es también, vamos a ver si mira hombres o mujeres, para saber si puedo confiar”. Esta es una de muchas estrategias, las que ahora son más gracias a internet.

Con paciencia y mucha astucia, un gay se conecta con otros y, como regla general, tiene unos cuantos encuentros satisfactorios y muchas decepciones. Algunos siguen un proceso que los lleva a expandir la salida del closet, mientras otros optan por el silencio y la doble vida.

Para mí, cada quien hace lo que mejor puede, especialmente cuando no existe una comunidad LGBT bien organizada, cuando la homofobia es estructural y endémica o cuando, por circunstancias de la vida, la persona en cuestión es una figura pública. Por todo esto, creo que es perfectamente respetable que cada quien decida qué tan explícita hace su orientación sexual, del mismo modo que cuándo lo dice y por qué.

La salida forzada del closet (el outing), esa estrategia que algunos gays furibundos proponen es, por un lado, irrespetuosa del derecho a la privacidad y, segundo, es contraproducente ¿Por qué? Porque cuando obligamos a alguien, lejos de reforzar, estamos generando aversión. Se los digo con un ejemplo en primera persona: yo no tengo en buena estima (ni pienso hacerle ningún favor) a la persona que me sacó del closet en un evento público en mi lugar de trabajo (¡una universidad católica!) porque creía que era lo mejor para el colectivo. Por otro lado, y depende de las circunstancias, sacar a otro del closet lo deja vulnerable, lo que no es, precisamente, un acto de apoyo de su comunidad de referencia.

Así pues, para mí lo importante respecto a Ricky Martin es que salió del closet cuando se sintió preparado y cuando lo decidió por sí mismo. Además, ahora que está afuera, está usando su presencia como figura pública de un modo políticamente inteligente.

No se si hubo otros buenos momentos antes; en todo caso, fue un buen momento cuando lo hizo. Pese a las críticas, ahora es incluso más famoso y, como resultado, su presencia favorece la consolidación de las comunidades LGBT en Latinoamérica. Nos guste o no, Ricky Martin es ya parte de la historia del movimiento LGBT en nuestra región.

Por esto, porque su respeto de sí mismo resultó estratégico para el grupo, dejo este post como un agradecimiento. ¡Gracias Ricky Martin por todo tu apoyo (no eres lo mejor de mi vida pero, a tu modo, ahora eres parte de sus cosas importantes)!

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