Homofobia es una palabra que se dice fácil. Sin embargo, cuando la pensamos bien, resulta que nos referimos a un mal tan poderoso como su esencia, el odio. No hablamos de “temor irracional” que lleva a alejarse de los gays, sino de un odio que busca acercarse a su objeto con miras a destruirlo.

¿Cómo se siente la homofobia? Depende. Si eres heterosexual, te engañas pensando que eres superior, que tienes el derecho de minimizar y destruir a los gays por creer que son inferiores. No hay que hurgar mucho para ver los conflictos internos que los “machos machos” tienen con su propia sexualidad; todos los miedos e inseguridades que los llevan a intentar cambiar el mundo, con miras a recobrar una seguridad prefabricada y, por encima de todo, falsa. En el fondo es un intento por reafirmarse, eliminando aquello que perturba.

Si eres gay, la homofobia puede sentirse dentro, como autodesvalorización. Cuando la percibes fuera, es como vivir en un mundo kafkiano. Imagina que te odian, que cualquier excusa es buena para hacerte sentir inferior. A fin de cuentas de lo que se trata es de aniquilarte. De hacerte pagar por una supuesta falta. Así se vive la homofobia cuando te persigue.

El rango de la homofobia es amplio y pasa por situaciones como éstas:

  • El hijo que es malatendido o rechazado por su(s) padre(s) porque es afeminado, o porque no es tan activo como se supone que tienen que ser los varoncitos.
  • El escolar que recibe insultos y golpes en la escuela por “mariquito”.
  • El adolescente que es continuamente acosado por ser, o simplemente parecer, gay.
  • El adulto joven que no es contratado en un trabajo por su apariencia, por sus ademanes o, simplemente, porque no se ha casado y no piensa hacerlo.
  • El adulto que se estrella continuamente con el “techo rosa”, que no asciende porque “debe cambiar su personalidad”, porque tiene que estar casado (con una mujer) y mantener una fachada de heterosexualidad.
  • El empresario que es extorsionado porque su orientación sexual es considerada una excusa válida para el abuso.

La presión es continua, sistemática y proveniente de casi todos los flancos. Antes los gays se aguantaban en silencio, pero eso está cambiando. Por eso algunos, plenamente conscientes de la opresión, empiezan a denunciar los atropellos, como Leandro Viloria, en la foto anterior. Decidió ponerse en huelga de hambre ante la frustación de ser continuamente extorsionado por la policía, usando como excusa su orientación sexual. Resulta que hasta el alcalde quiere darle una lección “por promover la homosexualidad”. A Leandro no lo salva ni siquiera el ser líder de los gays “revolucionarios”. En este blog hemos analizado muy bien la homofobia de Chávez y el proceso revolucionario, una homofobia que los gays “revolucionarios” se niegan a ver. Amores que matan, podría decirse.

En este sentido, en un país donde la impunidad es estructural, el castigo por salirse de la norma es, simplemente, brutal.

No hay palabras que justifiquen estos asesinatos. Desafortunadamente en Venezuela, donde la vida vale bien poco, no es tan fácil hacer un punto sobre el tema en cuestión. La muerte de los gays queda opacada porque, a fin de cuentas, ningún venezolano sabe si seguirá vivo, aún dentro de su propia casa. Pese a este hecho, es obvia la zaña que diferencia la manera en la que los gays (o las lesbianas, lxs bisexuales o lxs transgéneros) son asesinadxs. Hay un exceso que debe ser denunciado y mostrado, al menos para dejar en evidencia el odio con el que somos continuamente bombardeados.

 

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