Uno de los temores exclusivos -podría decirse incluso definitorio- de los seres humanos es el miedo a desaparecer. Claro, toda vez que sabemos que lo haremos de manera física con la muerte, este miedo tiene un segundo nivel -simbólico-, el de la existencia como tal. Los objetos inanimados son y están, las plantas y los animales viven, aunque no tengan conciencia de ello y los humanos existimos, pues tenemos conciencia de nuestra finitud. Así que cuando me refiero a desaparecer, lo hago entendiendo este segundo plano; el miedo a no dejar huella (simbólica) de nuestro paso por el mundo.

Los que trabajamos con la experiencia humana lo sabemos: la persona moribunda que pide no ser olvidada; la mujer (e incluso el hombre, aunque lo calle) que al llegar a cierta edad se lamenta de no tener hijos y se deprime por la posibilidad de que el reloj biológico marque la hora del cierre del período fértil. Estas son las expresiones de ese miedo que no tiene que ver, necesariamente, con la desaparición física. De hecho, en el preámbulo de la muerte, nos calma saber que seremos recordados.

Yo confieso que el asunto de no dejar hijos jamás me ha quitado el sueño. Es más, y para ser completamente honesto, considero un crímen eso de la reproducción humana. En este mundo superpoblado, donde la mayoría de las sociedades (justo esas que más se reproducen) hacen tanto daño a los individuos, no veo la razón de traer nuevos seres a este valle de lágrimas. Se podría decir que estimo demasiado a esos humanos potenciales, como para sacrificarlos por el deseo egoísta de “ser recordado” o la necesidad más inmediata de “quién me va a cuidar cuando sea viejo” (y qué decir de banalidades cómo “para darle el gusto a mis papás” o “es que se va extinguir mi apellido paterno”).

Pero bueno, este post no es para ahondar en este tema sino para mostrar que la trascendencia, precisamente por ser simbólica puede darse de otros modos. Nos perpetuamos no sólo en nuestros pobre-hijos-que-siempre-necesitarán-psicoterapia-para-sanar-todo-lo-que-le-hemos-hecho. También lo hacemos en nuestras obras. ¿Recuerdan el famoso siembra un árbol, ten un hijo y escribe un libro? Bueno, los hijos son sólo una de las maneras de dejar rastro pues podemos, además, plantar un árbol que vivirá mucho más que nosotros (y si le ponemos una placa, como es la costumbre, todo el mundo se enterará de quien lo plantó) o, si nos da la inteligencia y la paciencia, escribir un libro, de lo que sea, ya que igual será reseñado por google.

La lista es aún más larga, y me complace compartir lo que encontré cuando me hablaron del grupo de Diversidad Sexual de la USB (DSx USB) como ejemplo de otras maneras de trascender:

El Grupo de Diversidad Sexual de la Universidad Simón Bolívar tuvo sus inicios en el año 2006. En el mes de Junio de ese año, el profesor Jesús Ravelo del Departamento de Computación, en compañía de otros profesores de otras universidades del país, entre los cuales se encontraba Tamara Adrian, profesora de la UCAB, Gisela Kozak de la UCV y Carlos Rivas, antiguo profesor de la UCAB, ofrecieron un Foro en la Universidad Simón Bolívar sobre el tema de la homosexualidad, lesbianismo y transexualidad.

Esas charlas marcaron un punto importante en mi vida, pues fue después de ellas que la señora de mirada severa elevó su intensidad al punto de llevarme a renunciar a mi carrera como profesor universitario (Recuerden: no se puede ser profesor explícitamente gay en una universidad católica si hay alguien del Opus Dei -o por lo menos con mente opusa- tiene más poder que uno).

Más allá de este detalle personal, creo que el impacto en lo comunitario fue mucho más fuerte e importante. Me alegra saber que compartir una serie de conceptos y un espacio para la discusión y la reflexión sirvió de motivación para que los estudiantes se organizaran. Es justamente eso lo que necesitamos. Desarrollarnos en red con objetivos comunitarios definidos. Necesitamos diferenciar lo individual de lo grupal y, permitiendo el desarrollo y la diferenciación individual, reconocer que hay, además, un espacio común que debe ser cultivado y defendido. Somos un colectivo, la comunidad LGBT, que es compleja y diversa, con múltiples necesidades que deben ser articuladas y puestas en el tapete de la vida pública. Podemos estar juntos, pero eso no significa estar revueltos.

Así que, en referencia a esas charlas, puedo decir que los beneficios de la salida del closet (del outing para hacer honor a la verdad) superan en lo colectivo cualquiera de las consecuencias negativas en mi vida personal. De hecho, mi salida de la universidad se inscribe en una cadena de eventos bastante estresantes que, este momento, sólo puedo agradecer. Por encima de todo, he ganado en libertad (de decir y de hacer desde mi orientación sexual) y, pobre señora de mirada severa, de incidir aún más en las nuevas generaciones (que supongo era lo que ella estaba tratando de evitar).

Así que bueno, si todo sigue su rumbo, ella se morirá primero y yo unos cuántos años después. No se ella, pero yo me iré tranquilo de este mundo. Cuando escribo, cuando hablo con la gente en sesiones de terapia, talleres o charlas, parece que dejo una huella mucho más profunda que el mero recuerdo de mi nombre (por cierto siempre me llamó la atención que algunos estudiantes no se supieran mi nombre; digo, si ves a alguien por un año académico mínimo el nombre te aprendes, ¿no?).  En fin, los chicos del grupo DSx USB me confirman que llega lo que me interesa transmitir: la idea, el sueño de una comunidad organizada donde se exige el respeto para los mundos internos alternativos. A mí que me borren si quieren, pues yo no quiero ser recordado. Prefiero ser parafraseado e incluso plagiado; ser, como diría Foucault en los primeros párrafos de El Orden del Discurso, “una pequeña laguna en el azar” del desarrollo del discurso; “deslizarme subrepticiamente” y encadenar las palabras para terminar las frases de otro modo, alterando esa gramática de la opresión que recibimos sólo por nacer donde nacimos. (Lo otro que quiero, y en esto sigo al Zarathustra de Nietzsche, es “morir a tiempo”. Seguir incidiendo sin ser citado, mucho menos notado, hasta que otros digan cosas más útiles o interesantes que las que yo diga o escriba. Cuando esto pase, y sobretodo si me da por ponerme pretensioso, háganme un favor y mándenme a freir monos).

Mientras tanto sigo escribiendo, feliz de ver que ya hay grupos universitarios de diversidad sexual y que a través de internet florecen espacios de discusión -en facebook, a través de blogs- como de difusión -páginas webs, podcasts y videos- que nos van articulando como una verdadera comunidad LGBT. Los individuos, especialmente si preferimos el sexo recreativo al procreativo, nos trascendemos en nuestros grupos de referencia, especialmente cuando formamos parte activa de su desarrollo y continuidad. Así que, por si no han entendido el mensaje central a lo largo de este texto: dejen de lamentarse por no tener hijos y dedíquense a trabajar por su comunidad. Si lo ven en frío, es más valioso y mucho menos dañino. Al menos eso creo yo.

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