Esa caja de Pandora llamada ‘cristianismo’

Cristianismos hay muchos. Eso lo sabe cualquiera que se atreva a ir más allá de las fantasías simplificadoras que nos enseñan. Vayamos a la historia: un tal Jesús, uno de los tantos profetas – figuras típicas de la época – tuvo la suerte que no tuvieron los otros. Con un pequeño giro – es que el Mesías soy yo – se garantizó que unos cuantos adeptos entregaran su vida, literalmente, para hacerle propaganda a su persona y a su idea.

La cosa no estuvo fácil. Estos vendedores del Herbalife espiritual del momento iban sólos o en pequeños grupos siendo, la verdad, una  molestia para el resto. ¡Es que estaban demasiado locos! Además, eran incongruentes entre sí. Algunos se lanzaban al desierto en solitario, a vivir la experiencia abrumadora de Dios, mientras otros formaban comunas muy parecidas a las de los hippies durante los sesenta. Es decir, los primeros sufrían las consecuencias de la deprivación sensorial; los segundos, los excesos de las demandas del cuerpo. También estaban aquellos que eran más bien pragmáticos: si este mundo es un lugar de transición, pues nada, nos matamos y llegamos de una al cielo.

Está escrito. Los dos primero siglos después de Cristo – mira como tuvo suerte el condenado, marcando el antes y el después – fueron los de un delirio floreciente acerca de lo que significaba ser cristiano. Sólo vayan a las fuentes, o por lo menos revisen los libros de los historiadores del cristianismo.

Es en este contexto que aparece Pablo, dejando ver, al sesgo, que hay que poner orden a tanto caos. Es así que dice, palabras más, palabras menos, que es cierto, que el cuerpo es un problema y que lo mejor sería silenciarlo. Tonto no es, y sabe que está hablando de la disolución de la especie (nota mental: el cristianismo es entrópico), así que matiza la idea diciendo: el celibato es un ideal y algunos, como yo, lo llevaremos hasta las últimas consecuencias; para el resto de los mortales “es mejor casarse que abrasarse”, canalizar el deseo a través del embudo estrecho del matrimonio, eso sí, para que haya nuevos cristianitos que continuen la locura.

Así las cosas, tuvieron que pasar varios siglos – 5 para ser exactos – y la conversión de un poderoso para que empezara a funcionar la maquinaria estandarizadora con sede en el Vaticano; la Santa, Católica, Apostólica y Romana; la Puta de Babilona. A fuerza de persecusión y tortura, logró su sitial de honor, parasitando reinos y mentes, haciéndonos creer que la verdad era una sola, la de su conveniencia por supuesto.

Ratzinger el feo y mi mamá la temerosa

Planeta Tierra, finales del siglo XX. El mundo se ha vuelto no solo complejo, sino demasiado complicado para la mayoría de sus habitantes. Cada vez son menos los que se comen el cuento de la Historia, las opresiones de la Tradición, la tiranía de lo “normal” o, en resumen, la supremacía de unos autodenominados superiores. A éstos el tiro les ha salido por la culata, han desplazado a la economía la locura que antes imprimían al cristianismo. Ahora las mujeres trabajan y se han inventado la píldora; envalentonadas, queman sostenes y exigen derechos igualitarios. La buena nueva se extiende como pólvora, de manera que los negros también están sumados a la pachanga libertaria, y los homosexuales, y los obreros, y los estudiantes… Michel Houellebecq en su novela Partículas Elementales llama a este fenómeno la segunda gran mutación metafísica. Adivinen cuál fue la primera… ¡La iniciada por el psicótico de Nazareth! ¿Cuál más?

En este contexto aparezco. Estamos a mediados de los setenta, de esa década donde los ánimos ya se han calmado, donde se vive el placer calmado posterior a la descarga, el disfrute del cigarrillo. Es el momento tranquilo antes del ratón moral que representarán los ochenta. Por allá en Europa el  Mr. Burns del catolicismo va haciendo carrera. A decir de las burradas que dirá al hacerse Papa, parece que bastante desconectado del derrumbe que ocurre a su alrededor, en su propia casa.

Venezuela se emborracha de petróleo. La gente, en su intoxicación, viaja desaforada y grita tá barato dame dos. Mis papás no viajan. Por razones impronunciables están más cerca de Ratzinger que de Carlos Andrés Pérez. Ellos no lo saben, tampoco  yo, paracaidista recién llegado a este mundo tan loco. Yo solo aprendo, aprendo que la procesión se lleva por dentro, que la vida es un valle de lágrimas y que hay que ahorrar para ir a Disneylandia, aunque todos sepamos que ese viaje nunca va a ocurrir. Si Dios quiere es, quizás, la frase que más se pronuncia. Surge espontánamente cuando se quiere evadir la responsabilidad existencial, es decir, cada vez que se elige no elegir. Se dice con la cabeza baja, con un tono que indique que eso que queremos que Dios quiera no va a ocurrir porque es del orden de los milagros, y los milagros, todos lo sabemos, son esas cosas maravillosas que podrían sucedernos pero que, por supuesto, no van a pasarnos.

Canadá también es un desierto

Entonces el tiempo se acelera, y aunque mi adolescencia se siente lenta y pastosa, todo se prepara para que mi mente tenga el estirón súbito que mi cuerpo nunca dió. Pasan los años de psicoterapia, de música, libros y películas clave; la llegada de Internet y los viajes a través de la red; los viajes fuera de la maceta; los viajes al inframundo y a la danza con sus fantasmas. Sin darme cuenta ya tengo suficiente cuerpo para aguantar el transplante. Ese cuerpo que fue el escenario y el objeto de una guerra; el campo que Pablo de Tarso y Ratzinger, amor materno mediante, luchaban por mantener como suyos. Creo que jamás contaron con que agarraría el cuchillo con el que me podaban, que lo usaría para dar zarpazos y que me dejaran en paz. Los tomó por sorpresa. Por eso ahora son prisioneros de guerra. Pablo tiene prohibido excitarse con la anorexia; Ratzinger recibe patadas cada vez que intenta olerme la entrepierna.

Corto el alambraje y con dos bolsos, una laptop, una tarjeta de crédito y cien dólares que me regalaron me voy. Este es el resumen de la historia, la del choque entre un país que no logra hacer la separación Estado-Iglesia contra un cuerpo donde la separación Iglesia-Próstata ya ocurrió. Así que ahora los días pasan  mientras hago el recuento de las bajas, mientras publico los parte de guerra. A veces puedo ocuparme con cosas cotidianas, como tener un empleo y estar al día con las deudas. Cuando eso ocurre se acumula el trabajo pendiente. No puedo escribir sobre el cáncer como política de estado, o acerca de la relación entre Elisabeth Kübler-Ross y los derechos LGBT en Venezuela.

Es allí cuando aparece el insomnio, como la oportunidad para seguir drenando, como la invitación a ponerme al día con la vida verdadera. Así lo hago, y aunque ya han pasado algunos días de la gran noticia, vale la pena, por fin, sentarse a escribir. Miro hacia atrás y puedo poner la última línea del cuento; la que sella esta nota, la que abre mis ojos a una nueva vida. ¡Mamá mira: Dios no quiso!

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