Raymond Lahey, ex-obispo que en su cargo negoció con las víctimas de abuso sexual de su grupo, asiduo a la pornografía infantil.

¿Se han preguntado que conseguiríamos en las computadoras de las iglesias, y en los ordenadores portátiles que llevan consigo los curas? Yo puedo imaginármelo desde hace años, cuando un ex-seminarista me contaba cómo pasaba sus horas en internet, a la buena de Dios, cuando hacía vida sacerdotal en una parroquia venezolana. Él, al menos, fue honesto consigo mismo. Al ver que no tenía ningún tipo de guía, especialmente espiritual, dejó la iglesia justo antes de ordenarse. Por cada uno como él, deben haber otros cientos que prefieren la comodidad del clero (los sacerdotes están clarísimos que la principal motivación para ingresar al sacerdocio es la búsqueda de ascenso social por parte de los aspirantes). Comodidad, por un lado, e incongruencia y mala fe, por el otro, porque lo cierto es que los sacerdotes son los primeros en evidenciar que los seres humanos somos seres sexuales, y que no hay oración o ejercicio espiritual que pueda disipar esta pulsión. A lo sumo, y creo que esto es, al final, lo que hacen la mayoría de los sacerdotes; pueden intentar reprimirse, con las consecuencias que ya todos conocemos: disociación, doble vida y cinismo.

Así que no debe extrañarnos lo que pasó con Raymond Lahey, quien fuera Obispo en Nova Scotia (Canadá), antes de ser detenido por importación de pornografía infantil. Justo hace dos día salió en libertad, tras cumplir parte de su condena. La historia es más o menos así:

El religioso fue detenido en septiembre de 2009 en el aeropuerto de Ottawa cuando regresaba de un viaje al Reino Unido. Tras registrar su ordenador portátil, los agentes fronterizos canadienses descubrieron 588 imágenes, algunas de ellas con niños de 8 años de edad, así como vídeos y relatos eróticos sobre jóvenes. Fue en Mayo de este año que se declaró culpable.

Probablemente fue una selección al azar (o probablemente fue elegido por la sospecha que todos tenemos de lo que pueden cargar los sacerdotes en sus ordenadores). Probablemente no era su intención “importar” pornografía, sino llevar consigo las imágenes que acompañaran sus noches de castidad. No importa. El hecho, independientemente de su intención, es un delito en Canadá, donde el abuso infantil es una plaga y donde la protección a los niños se toma muy en serio. Curiosamente, este fue el único foco del caso; el del problema penal de alguien con el potencial de abusar a menores. Sin embargo, bien mirado, consumir pornografía es, en realidad, un elemento protector cuando de abuso sexual infantil se trata. Las imágenes estimulan la fantasía y la descarga puede ocurrir sin tocar a los niños. Algo por el estilo fue lo que declaró un psiquiatra experto, en defensa del ex-obispo. Por supuesto, esto no quita el hecho que es ya un abuso serio el hecho de colocar a los modelos menores de edad en la posición de ser objetos sexuales para la mirada de los adultos.

En cualquier caso, estamos frente a un caso que tiene implicaciones que van más allá de lo legal. Por esto me llama la atención que los medios se queden en el asunto de los cargos y la culpabilidad, o no, del detenido. ¿Por qué? ¡PORQUE ES UN RELIGIOSO! ¡PORQUE TENÍA UN CARGO DE AUTORIDAD DENTRO DE LA IGLESIA CATÓLICA! ¡PORQUE FUE LA PERSONA QUE NEGOCIÓ CON LAS VÍCTIMAS DEL ABUSO SEXUAL DEL CLERO EN NOVA SCOTIA!

Pareciera que nadie puede ver las implicaciones sociales y culturales de un caso como este. El caso de Raimond Lahey es una prueba más de eso que hace la Iglesia Católica, como institución, con las mentes humanas. La pretensión absurda de negar (¿renegar? ¿denegar?) la sexualidad deja a quienes se dejan oprimir por este aparato ideológico, en la posición de personas con serios conflictos, incapaces de lidiar saludablemente con el sexo y el placer. Es algo estructural, inherente a la doctrina católica sobre este particular.

Así que la única diferencia entre este momento, cuando salen a la luz los escándalos, y el momento previo, cuando el secreto se lograba, es precisamente esta: que ahora nos enteramos de lo su SIEMPRE ha sucedido. La iglesia tiene más de institución política (opresora) que de vehículo espiritual. Conviene tener esta idea muy clara, precisamente ahora que nos enteramos de una nueva noticia:

Las autoridades policiales de San Diego, en Estados Unidos, difundieron el pasado lunes la información sobre la detención del sacerdote venezolano José Alexis Dávila al ser acusado por el presunto delito de asalto sexual, en contra de una joven de 20 años.

La investigación está todavía en curso, por lo que José Alexis Dávila sigue siendo “presunto culpable” (v.g. inocente hasta que se demuestre lo contrario). Eso me parece muy bien. No obstante, tengo una gran pregunta ¿a quién sirve, a quién debería servir la iglesia? porque la respuesta de esta institución nos dice, claramente, que no está precisamente del lado de los débiles, los afligidos o los abusados:

“La Iglesia en Venezuela le da su más contundente respaldo y nuestros abogados están en suelo americano para la defensa del padre Dávila”.

Eso dijo el Obispo de la Diócesis de Cabimas, monseñor Willian Delgado.

Es una realidad el abuso, y especialmente el abuso sexual a menores por parte del clero. También es una realidad que, frente a este hecho, la iglesia mantiene una política, si no explícita, al menos sí muy clara: negación, denegación, renegación…

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