A propósito de la entrevista a Richard Cohen, autor del libro vetado en España “Comprender y sanar la homosexualidad”, en esa nota aparecida en El Tiempo, de Bogotá, y duplicada por La Patilla: “Yo fui homosexual, pero ya me curé”.

Como todos los que estamos en una sociedad que valora la reproducción, yo crecí bajo las presiones para conformarme al mandato de ser heterosexual, independientemente de lo que fuese natural para mí. Desde mi nacimiento, mis padres (y luego maestros y casi todo el mundo alrededor) asumieron lo que tenía que gustarme en función del genital con el que vine al mundo; que siendo hombre -primera asunción fundamental- tenía que sentir atracción sexual por las mujeres, a las que, como estrategia propagandística, ellos definen como “el sexo opuesto”.

Por supuesto, con todos repitiéndose la misma simplificación, lo que resulta es un mito, ese trance cotidiano en el que todos estamos metidos, a saber, que ser heterosexual es evidente en sí mismo. Esta es la joya que pretenden proteger a toda costa, inventando justificaciones desde todos los lugares posibles (la supuesta complementariedad de los sexos, la imaginada paridad entre forma y función, la fantasía de que si a alguien no le banca esta mentira la humanidad entera va a colapsar…). Deben estar muy inseguros de la heterosexualidad, si necesitan defenderla tan apasionadamente.

¡Pobres! No toleran la diversidad. Pareciera que se niegan a ver a su alrededor, especialmente a la Madre Naturaleza, donde todo dista de las simplificaciones que ellos repiten como loros. La sexualidad es compleja y tiene muchos niveles. Hay un condicionamiento biológico, que quizás tenga algo que ver con ese nuevo deux ex-machina llamado genes (fui muy revelador escuchar a un psiquiatra hablando del gen de la demencia: “algunos lo tienen pero eso no significa que vayan a desarrollar demencia; otros no lo tienen y puede que desarrollen demencia”. ¡Tremenda explicación!). Por supuesto, la sexualidad implica una dimensión anatómica, la cual a su vez involucra no solo a los genitales externos, sino a los internos – las gónadas -, lo que a su vez nos remite a la dimensión hormonal y a los efectos de ciertas sustancias químicas en muchos comportamientos (no en los relacionados con la orientación sexual, curiosamente).

Aún reconociendo esto, nos quedamos cortos cuando hablamos del sexo en los humanos, esos seres que por haber desarrollado el habla se constituyen en un proyecto único. A las dimensiones anteriores, entonces, habría que agregarle el efecto de los sociocultural, el cual, a su vez, condiciona la vivencia psicológica de la atracción sexual (ampliando la definición de lo sexual al punto que lo sexual depende del tiempo y la geografía en la que nos situemos). Con todo esto, además, aparece otra distinción, la que pone por un lado el género (el estilo de comportamiento asociado al sexo) con la orientación sexual (el objeto de la atracción). No van de la mano y, de hecho, son independientes, aunque si estás empeñado en defender la heterosexualidad como norma universal, es seguro que confundas ambas categorías. Es comprensible, al final quieres mantener una fachada, por eso terminas pensando que “si se comporta como hombre, debe ser un hombre (y por tanto deben gustarle las mujeres)”.

En resumen, la sexualidad es terriblemente compleja, al punto que, a efectos prácticos, sólo podemos decir que es el resultado de muchos factores; quizás, podríamos rastrear cómo se constituye nuestro deseo sexual particular, pero que eso no significa, para nada, que podamos alterarlo mediante algún procedimiento.

Las mentecitas estrechas e inseguras no pueden con tanta información, así que usualmente eligen seguir a una de las pequeñas tribus dentro del vasto campo de la disciplinas científicas. De este modo terminan diciendo cosas como “es un hecho científico que la homosexualidad es aprendida”. En realidad no es un hecho científico, es tan solo lo que repiten unos pocos que se venden como científicos pero que usualmente están fuera de los circuitos académicos (algunos hasta montan sus propios institutos para inventarse cierta legitimidad).

A éstos les gusta decir que la homosexualidad es aprendida. Ni siquiera tienen el valor de ser congruentes y decir “la sexualidad es aprendida”. Esto tendría más sentido, y daría cuenta de mi experiencia, junto a la de muchos; de cómo todo a nuestro alrededor está dispuesto para enseñarnos a ser heterosexuales; a forzarnos, en el caso de quienes, por la razón que sea, no entramos en ese molde tan estrecho. Creo que es obvio que se nos premia por ajustarnos a la norma y se nos castiga si nos alejamos, tan sólo un poco, de ese ideal compartido por la mayoría. Este condicionamiento, en todo caso, es mucho más obvio que el que se postula para “explicar” el supuesto aprendizaje de la homosexualidad.

Yo me curé de ésta, y muchas otras de las mistificaciones con las que vive la mayoría, pero no por eso voy a organizar una cruzada para que la sociedad entera vida de acuerdo a mis designios. Es en este punto en particular donde vemos el cortocircuito de aquellos que se autodenominan ex-gays: probablemente han logrado ajustarse a la demanda heterosexista, y ahora necesitan que el mundo sea lo suficientemente rígido para que ellos no colapsen en su misión imposible de ser, no lo que son, sino lo que otros esperan que ellos sean. Se joden la vida a sí mismo y pretenden que otros también se la jodan. Cuánto sacrificio absurdo por ganar un poco de aceptación social. En este punto conviene recordar que la psicoterapia no puede cambiar orientaciones sexuales, pero sí puede fortalecer autoestimas famélicas y activar los cojones que se necesitan para encontrarse a uno mismo. ¿Por qué los ex-gays habrán rechazado esta vía, no necesariamente más fácil pero sí más honesta?

Es muy curioso, estos personajes quieren vendernos una identidad prefabricada. Ninguno de ellos se atreve a decir lo esencial: se tú mismo, y se feliz.

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