La homofobia ha sido un término que ha ayudado a reconocer y dar forma a la violencia contra los gays, lesbianas, bisexuales y transexuales. Sin embargo, en este momento de la historia resulta un concepto que oscurece mucho de lo que intenta aclarar. Por eso es que en lo que sigue me propongo abrir esa caja de Pandora llamada homofobia, para dar cuenta de las complejidades de este fenómeno. Los versados en psicoanálisis reconocerán que uso el aparato teórico de Lacan para mostrar las formas subjetivas que la homofobia puede tomar, tanto como los lazos sociales que se estructuran desde cada posición subjetiva posible.

1. LA HOMOFOBIA COMO DELIRIO

Los seres humanos somos organismos traspasados por la palabra. El lenguaje nos constituye creando ese regalo/maldición que da forma a nuestra existencia. Por un lado, no podemos humanizarnos sin el lenguaje; por el otro, el lenguaje estructura una situación imposible de resolver: la de dar cuenta con palabras de una pulsionalidad que rebasa cualquier intento por categorizarla. Al final resulta que estamos bordeando algo escurridizo para las redes de lo simbólico. Emerge la sustancia propia de lo humano, el goce, y lo padecemos o, con un poco de suerte y psicoanálisis, nos movemos al punto de gozar su desciframiento.

Así pues, entramos en el lenguaje y el lenguaje entra en nosotros. El asunto es que hay varios tipos posibles de relación entre cada individuo y ese Otro, de las cuales resultan distintas posiciones subjetivas. Maldita historia, maldita finitud. La teoría es compleja, pero vamos a tomar acá los elementos esenciales para mostrar cómo de esta relación se derivan diversas formas de la homofobia.

Comencemos por la situación anómala de la falla; cuando el lenguaje no logra penetrar completamente la carne. La persona aprende a hablar, claro, pero hay una pieza faltante que hace al sujeto inestable. El individuo puede pensarse pero hay un corto circuito que permite a la pulsionalidad andar de su cuenta. Lo real del cuerpo se presenta así de manera desnuda y, sobretodo autónoma. Entonces, dependiendo de las circunstancias, la psicosis puede mantenerse desatada o desencadenarse frente a eventos específicos.

Los homosexuales podrían ser uno de esos eventos, los detonantes – y el vórtice – del delirio. Freud mostró cómo los niños, en un momento cero, son perversos polimorfos, esto es, su pulsionalidad se encuentra desperdigada en todas direcciones y es con el desarrollo, con la interacción con los adultos, que aparecen los objetos específicos. En términos de lo sexual, el niño aprenderá que le gusta el mismo sexo, o el otro, o ambos. Pero si lo simbólico no se desarrolla, si la implantación del lenguaje falla, esa pulsionalidad retorna como algo externo y aterrorizante. El goce se materializa bajo la forma de los delirios y las alucinaciones. Es lo real hecho evento concreto, hecho realidad apocalíptica.

En esta situación, el individuo se encuentra sujeto a los avatares de la pulsión, la cual aparece proyectada en lo externo. No es que tenga un demonio adentro, es que el demonio se me aparece y me dice que debo matar o matarme. No es que no sepa que hacer con mi pulsión sexual, es que los homosexuales son una plaga que debe ser exterminada.

Acá tenemos entonces, la forma más básica y primitiva de la homofobia: el terror a la propia pulsionalidad proyectado sobre los otros. A las personas estructuradas de este modo, presas de esta posición, las podemos reconocer porque evidencian lo que se llama la certeza psicótica: “saben” de manera plena y absoluta lo que es bueno y lo que es malo, y pueden dar explicaciones articuladas para fundamentarlo pero, atención, esa fundamentación es absurda y mezcla elementos de la realidad que no poseen relación alguna (confunden la gimnasia con la magnesia, podría decirse). Como todo delirio, sus teorías y explicaciones no resisten la prueba de la realidad, por un lado, y por el otro, son impermeables a ella. Además, como su relación con el lenguaje los hace vulnerables a alucinar, los homofóbicos de este grupo pueden llegar a percibir a través de los sentidos cosas que sólo ellos pueden notar. Así, los homofobicos con estructura psicótica están más allá del diálogo, no hay conversación que valga para expandir sus horizontes; viven en un mundo aparte, compuesto de delirios y/o alucinaciones, las formas extremas de la distorsión de la realidad.

El prototipo de esta estructura lo encontramos en los extremistas de cualquier religión, pero sobretodo en algunos pastores evangélicos:

Un pastor evangélico en North Carolina tiene tanto odio y temor hacia los homosexuales que quiere encerrar a todas las personas gays dentro en un gigantesco cerco para frenar su reproducción, que se mueran y evitar así que tengan contacto con el resto del mundo.

De igual modo, pareciera que Benedicto XVI se encuentra en esta posición, al decir estupideces como “el matrimonio gay amenaza a la creación”, una frase que sólo cobra sentido cuando se asume la mitología cristiana y que, por cierto, carece de evidencia, a decir del hecho cierto de que las sociedades que promueven la diversidad son, precisamente, las más pacíficas y estables. Piénsese en Canadá y los países nórdicos, por ejemplo.

En resumen, los homofóbicos en este grupo hacen cuerpo la “voluntad de exterminio”. Como Hitler con los judíos, la homofobia psicótica busca aniquilar a un objeto que se percibe como amenazante y destructivo. Sólo imaginen lo que Benedicto XVI propondría si estuviésemos en la Edad Media.

Por eso se necesita un marco legal claro respecto protección a la diversidad y castigo a los crímenes de odio. Los psicóticos están fuera de la Ley, y por eso debemos crear sociedades con un fuerte marco simbólico que, si bien no puede contenerlos como individuos, puede prevenir y sancionar sus actos. Como recomendación práctica, frente a un psicótico lo que queda es protegerse y crear un entorno que los mantenga a raya. Son ellos los que necesitan un cerco que les impida dar rienda suelta a su locura.

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