La historia de Disney como una maquinaria para transformar grandes historias en instrumentos de homogenización cultural a través de la conformidad de género es, además de obvia, harto sabida y analizada.

Lo que quizás muchos no saben es que a la base de uno de los cuentos usados por la corporación dueña de Mickey Mouse se esconde un amor gay que no pudo ser. Sí, ya se, muchos dirán “ahí están de nuevo los gays creyendo que todos somos maricos”, pero no, la verdad es que es lo contrario. Muchos de los logros culturales han sido producto de “mentes gays”, pero han sido opacados por la hegemonía heterosexual. Sólo revisen la historia y verán a lo que me refiero (También es cosa harto sabida que los grandes desarrollos de la humanidad son hechos por desviados y transgresores; no por damiselas y machos preocupados por conformarse a la tiranía del qué dirán).

De manera que cáiganse para atrás: Hans Christian Andersen (1805-1875), el escritor y poeta danés, se enamoraba de hombres y mujeres inalcanzables, cuyos desaires inspiraban las tiernas historias que se compilan como clásicos universales para los más pequeños. La historia de La Sirenita, de hecho, fue su manera de sublimar la tristeza causada por el rechazo de Edvard Collin.

En cuanto supo que Collin se había comprometido con una dama, se le declaró: «Languidezco por ti como por una joven calabresa… mis sentimientos por ti son como los de una mujer. La feminidad de mi naturaleza y nuestra amistad deben permanecer en secreto». Collin lo rechazó y como resultado, Andersen escribió La Sirenita, donde la protagonista está imposibilitada de estar con su amado (Sí, como ya sabemos, el final edulcorado de Disney no tiene nada que ver con la historia original, la cual pueden leer haciendo click sobre esta oración).

Andersen le envió el cuento a Collin en 1836 transformando La Sirenita en una de las grandes cartas de amor gay de todos los tiempos.

Anuncios