En el paraíso socialista tampoco hay sistema de transporte público

Es tan obvio y se encuentra tan naturalizado que a nadie se le ha ocurrido señalarlo como otro de los fracasos del Estado Venezolano. Así es. En Venezuela, el transporte público es, por encima de todo, privado. Con excepción del Metro, las unidades que circulan por las calles y avenidas del país son el resultado de emprendimientos individuales o cooperativos entre particulares. En Caracas abundan los minibuses, pero en el resto del país los “carritos por puesto” son automóviles convencionales, usualmente destartalados.

Es por esto que los “por puesto” despliegan sus peculiaridades audiovisuales: música a todo volumen y cualquier cantidad de ornamentos, tanto por dentro como por fuera.

Sublimando frustraciones

De más está decir que esos ornamentos, típicamente bajo la forma de calcomanías, cultivan la cursilería, el kitsch y se hacen al margen de cualquier idea del buen gusto. Es precisamente esto, su vulgaridad, la que les ha permitido desarrollar una identidad propia. Al final, resultan originales e interesantes; piezas únicas de la cultura popular venezolana.

Por eso tomo estas calcomanías como punto de partida para desarrollar las mías propias, conservando el contenido pero introduciendo una gráfica que proviene del imaginario que cultivo desde hace años. Son una suerte de integración entre los dos registros que me constituyen como venezolano; uno popular y otro, podría decirse, académico. El primero ampliamente extendido y el segundo exclusivo de una minoría, incluso dentro de aquellos pocos venezolanos que tienen una carrera universitaria.

El resultado, otras calcomanías, completamente ficticias. Chistes privados que ahora comparto con ustedes:

 

 

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