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La compensación es un fenómeno bien documentado en hombres gays. Es la consecuencia del estigma asociado a la homosexualidad y consiste, esquemáticamente, en el siguiente razonamiento:

1. Ser gay “es malo”

2. Yo soy gay, pero no sólo gay y por eso tengo otros talentos

3. Cultivaré esos talentos de manera que “reparen” el hecho de ser gay

Por un lado, el resultado es asombroso: los gays que siguen esta lógica poseen, en comparación con la contraparte heterosexual, mayor capital cultural. Se concentran en determinadas profesiones, alcanzan posiciones más altas y, por ende, mayor ingreso económico, el cual invierten en actividades que, a su vez, añaden más capital cultural, como por ejemplo educación, idiomas, turismo o aficiones sofisticadas (atención: no todos los gays compensan y esto es importante recordarlo porque es un mito que los gays, como grupo, tengan mayor riqueza o mejor estilo que la población en general).

Por el otro lado, la cara sombría de la compensación incluye ansiedad y depresión. La demanda de autosuperación usualmente implica aislamiento social y un esfuerzo desmedido que se traduce en problemas físicos. Así, el cuadro típico podría ser el de un profesional exitoso, adicto al trabajo (u obsesionado con algún tema que lo hace geek, friki), sin amigos (o insatisfecho con sus relaciones) y síntomas como acidez estomacal, cólon irritable o alguna de las enfermedades consideradas psicosomáticas. Probablemente use ansiolíticos o antidepresivos, cuando no alcohol o algún tipo de droga recreativa para adormecer el profundo malestar que siente.

Ahora bien, ¿qué se esconde tras esta fachada? Desde una perspectiva psicoanalítica lo primero que destaca es el éxito social como síntoma: “Todo está bien pero…”. Y claro, cuando abrimos esa caja de Pandora surgen contenidos como “tengo un cuerpo perfecto y no puedo controlar el llanto”, “mis amigos no pueden creer que alguien como yo tenga problemas emocionales”, “nadie se imagina lo que hago para calmar la angustia”. La mansión de fachada impecable, pero que por dentro está en ruinas, para usar la imagen del sueño que tuvo uno después de su primera consulta, donde se enfocaba en todo lo que invertía en “autosuperarse” y que por eso no entendía por qué sentía que llevaba una vida miserable, siendo que su vida era la que “cualquiera podría desear”.

Cualquiera, pero no él, independientemente de la presión del ambiente gay para lucir como de 20 y llevar una vida de personaje de reality show.

Compensar: producir algo que opaque el hecho de que hay algo que no encaja en la demanda del Otro: “No mires mi orientación sexual, mira esto que hice para que me aceptes”. Este es el núcleo de la dinámica asociada a la compensación que hacen los hombres gays. A fin de cuentas, la compensación supone la pregunta por el amor de los padres. “Ellos me quieren, ¿pero lo harán si me conocen tal y como soy ahora?” (por eso los síntomas empiezan con la adolescencia, en la medida en la que el sujeto va desafiando esas imagenes que recibió acerca de sí mismo cuando era niño, cuando no estaba complicado por la irrupción de la sexualidad genital. “Ahora tengo sexo y es con los del mismo sexo. ¿Me querrán igual?”). La situación se parece a la del niño que muestra un dibujo esperando el halago. “Hice esto por tí, un regalo para que me aceptes”.

Por eso la compensación está asociada al closet. Son aquellos enclosetados lo que más preocupados están por el éxito social. A fin de cuentas temen ser rechazados por sus padres. “No me van a aceptar por lo que soy, así que mejor me pongo las pilas para que me acepten por lo que hago o he logrado”.

Puesto en lenguaje simple, el psicoanálisis de lo que se trata es de confrontarnos con nuestras verdades, específicamente llegar al punto de articular eso que nos está prohibido decir(nos) acerca de nosotros mismos. El recorrido empieza por pelar esa cebolla llamada síntoma – “¿por qué hago todo lo que hago? ¿para quién? ¿qué espero obtener con todo esto?”- hasta llegar a ese núcleo donde nos confrontamos con un hecho contundente: esa búsqueda de aprobación es una trampa que nos limita, aún más allá de las fronteras que, como humanos de carne y hueso – en un tiempo determinado y con unos padres concretos – tenemos.

Quizás por eso se dice que el resultado implica aceptar la castración. Algunos tienen la suerte de tener padres amorosos, padres que pueden “ser discretos” acerca de sus rollos, colocándose en una posición en la que esos rollos no interfieran en el trabajo de amar incondicionalmente a sus hijos. Esto quiere decir, en el tema que nos ocupa, “querer a mi hijo sin que me importe su orientación sexual”. ¿Y dónde está la castración en todo esto? En que aún esos padres, aunque hagan realidad esta descripcion que roza lo fantástico, nunca podrán “comprender” o “sentir” lo que siente el hijo. A lo sumo, estarán allí como testigos respetuosos de esa vida que se encuentra enlazada simbólicamente a la de ellos.

Aceptar la castración a veces implica algo más radical. No todos tenemos la misma suerte de aquellos que son respetados por lo que son. A fin de cuentas, padres y madres son hombres y mujeres concretos que hacen lo que pueden… y que a veces, en tanto sujetos, eligen hacer muy poco (o mucho de algo muy malo). Para decirlo en corto, en algunos casos la verdad pura y dura es “no me quieren” o peor aún “no me quieren y no son capaces de admitirlo”. Esto es lo liberador de un recorrido analítico: si alguno de tus padres (o ambos) no pueden aceptarte como el ser humano que eres, orientación sexual incluida, vivirás tu duelo, llorarás la pérdida y, eventualmente, aprenderás cómo hacer algo con esas circunstancias que te han tocado; los límites de tu existencia en esta vida, tu vida, aquí y ahora, la única antes de que la muerte corte la historia. “¿Si no yo quién, si no ahora cuándo?”.

Con este cambio en la posición subjetiva, liberado de ese canto de sirenas que proviene del Otro, podrás decidir seguir cultivando tu capital cultural, quizás ahora más sosegado y para tu propio disfrute, y no para buscar esa aceptación que, ya lo sabes, no va a ocurrir o nunca será completa.

Recapitulando: si te descubres “víctima” de la compensación (y mira que hay gente que disfruta lo que para algunos es una tortura), lo esencial es pregúntarte cuál es el mensaje y a quién se dirige. A partir de allí observa lo que se despliega; permítete ver a tus padres más allá de sus roles, míralos en tanto seres humanos de carne y hueso (que, por cierto, tuvieron sexo para procrearte, y quizás antes o después, y quizás también con otras personas…) y toma nota de sus ventajas y virtudes. Más allá del accidente biológico por el cuál apareciste en sus vidas, y del lazo simbólico que sujeta al vínculo ¿son personas con las que entablarías una relación? ¿qué tipo de relación tendrías con ellos si fuesen desconocidos que te presentaran en una fiesta?

Estas serían algunas de las puertas de entrada que te permitirán que algo nuevo emerja. Sólo me resta decir que a veces este trabajo resulta doloroso. Es allí cuando la figura del analista, o de un buen terapeuta, es el mejor aliado que podrías tener.

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