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“…incluso las lagunas que pudiera haber en el árbol acaban suministrando información: siempre revelarán una falta de transmisión (sea de conciencia, de información, de amor, etcétera) …”.

Jodorowsky y Costa, Metagenealogía

El pasado, la historia… Siempre me ha llamado la atención la idea de hacer mi árbol genealógico. Y ahora que se ha publicado la lista de los apellidos de los judíos expulsados de España en 1492, y que mis dos apellidos se encuentran en esa lista, se reaviva mi curiosidad por conocer mis raíces ancestrales.

A diferencia de la mayoría, me trae sin cuidado la oferta de obtener la ciudadanía española (además de tener un apellido de la lista, es necesario dar las pruebas de formar parte de “la comunidad”). Paso y gano. El impulso que me dio el fulano listado consistió en levantarme de la computadora para buscar mi ejemplar de Metagenealogía de Jodorowsky, continuar leyéndolo y empezar a recopilar los datos para armar mi árbol genealógico.

metagenealogía

Durante la tarea, la primera cosa que salta a mi mente, curiosamente, es respecto a las preguntas que podrían hacerse las generaciones futuras. Me confronto con el hecho de que carezco de información, especialmente por el lado paterno, y en lo que pienso es que en el futuro, los descendientes de mis hermanas podrían preguntarse: ¿por qué Carlos terminó en Canadá? ¿Por qué la historia de la familia, al menos en esa rama, termina con él?

Quien conozca el contexto histórico, podrá encontrar cierta respuesta en la crisis venezolana. Sin embargo, hay un pequeño detalle. Es probable que la gran mayoría de ese millón de venezolanos que dejaron su tierra para sobrevivir a la locura criolla tengan algún tipo de nexo con el lugar de destino; parte del grupo familiar emigró antes, hay algún familiar de la pareja o por lo menos alguna persona conocida que vende la idea o sirve de guía al principio.

¿Pero por qué yo terminé en una ciudad en la que no conocía a nadie? ¿Por qué alguien se lanza a la aventura, cual Marco Polo, de empezar de cero sin el apoyo de ningún conocido? Porque ese es el patrón típico de la migración relacionada con la identidad sexual. “Sí, se fue a Europa”, “Ella emigró a Estados Unidos”, “Él ahora vive en Australia”… Y luego el gran silencio – o las grandes mentiras – para esconder esas dinámicas de exclusión – cómo le hacían la vida imposible cuando estaba cerca – o para tapar la realidad; que el hermano es ahora hermana, o que la hermana está casada con una mujer, entre tantas otras opciones.

Así que, por un lado, las familias homofóbicas a lo largo y ancho de Latinoamérica (así como en los pueblos de Norteamérica) rechazan a sus miembros “raros”. Por el otro, ciudades como Toronto, Barcelona o Amsterdam, junto a otras grandes urbes de los países industrializados se caracterizan por ser gay-friendly, por tener una apertura que no tienen muchas de nuestras familias de origen.

Con el desgarro que supone la migración, junto a la ruptura de muchos vínculos familiares (gracias a las otras ovejas negras de la familia la ruptura no es total), es lógico que el árbol genealógico se transforme en una herramienta de autoconocimiento para entender no sólo “de dónde venimos”, sino en un medio para desarrollar un “hacia dónde vamos” libre de las constricciones que el sistema familiar impone.

Esa es la promesa del análisis del árbol genealógico: hay fuerzas más allá de lo psicológico – fuerzas que constituyen al individuo, para ser más exactos – que condicionan el curso de la vida de una persona. Conocer esas fuerzas nos permite darnos cuenta del campo dentro del que la libertad puede ser ejercida. No podemos cambiar algunos hechos cruciales, pero hay mucho que podemos hacer con nuestras circunstancias concretas.

Yo supongo que, por el mero hecho de escribir estas líneas, en algo estoy alterando el curso de lo que vendrá a futuro. Y bien sea que las siguientes generaciones se enteren o no, yo al menos, si esto del árbol genealógico rinde los frutos que espero, moriré sabiendo que no fui un cabo suelto.

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